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miércoles, mayo 12, 2010

Cartas escogidas

de Franz Kafka
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Tres cartas del autor praguense dirigidas a Max Brod publicamos. En las primeras aparecen dos costados no demasiado difundidos del autor. El humor (aspecto sobre el cual no deja de llamar la atención Milan Kundera a la hora de referirse a su obra) y la crítica literaria.
La última permite introducirnos, al menos por unos instantes, en el pensamiento del gran autor al repecto de su propia obra. En ella Kafka hace referencia a su primer novela conocida primeramente como América, y más tarde también como El fogonero y El desaparecido.

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Carta-tarjeta. 7 de junio 1906.
Durante algun tiempo, mi estimado, no podré ir a ninguna parte. El decano ha cometido la imprudencia de adelantar mi fecha de examen y, debido a que me dio verguenza ser más sensato que él, no hice ninguna objeción.
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Un historiador de la literatura me dijo ayer de forma muy enfática: Max Brod es un verdadero poeta
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Te saludo afectuasemente
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.................................................................Franz.
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Carta, probablemente 11 de abril de 1909. (Extracto).
Ayer hablamos de una historia de Hamsum, yo conté cómo el hombre se sienta en un coche de caballos delante del hotel, eso no era realmente así. El hombre está sentado junto a una mesa en algún sitio en un restaurante y, sobre todo, está con una muchacha a la que ama. Pero en otra mesa de este restaurante hay un individuo joven al que, a su vez, ama la muchacha. Por medio de algún artificio, el hombre trae al individuo joven a su mesa. El individuo joven se sienta junto a la muchacha, el hombre se pone de pie, en todo caso después de un breve instante, probablemente se afirme en el respaldo del sillón, y dice acercandose lo más posible a la verdad: "Señores -lo lamento mucho-, usted, señorita Elisabeth, hoy una vez más me ha embelesado completamente, pero ya comprendo que no podré hacerla mía -y eso me resulta un misterio-". Esta última frase, es un pasaje en que la historia se destruye a sí misma en presencia del lector o al menos se oscurece, no, se empequeñece, se distancia, de modo que el lector, para no perderla, ha de penetrar en un territorio evidentemente vallado. -Si no te va bien, escríbeme.
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.................................................................Tu Franz.
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Carta, 22 de julio de 1912. (Extracto).
También aquí escribo, muy poco desde luego, me lamento de mí mismo y también me alegro; éste es el modo en que las mujeres piadosos rezan a Dios, pero en las historias bíblicas se accede a Dios de otra forma. Tú, Max, tienes entender que deberá pasar mucho tiempo antes de que pueda mostrar lo que ahora te escribo a tí, y aunque sólo sea por mí. Está elaborado sobre la base de pequeñas piezas más bien alineadas que entrelazadas; durante mucho tiempo seguirá por un camino recto, antes de llegar a formar el círculo deseado, y en aquel instante, en función del cual trabajo, las cosas no resultarán en absoluto más faciles, mucho más probable es que, habiendo sido inseguro, pierda la cabeza. Por esto, será algo de lo que se pueda hablar solamente cuando concluya la primera versión.
(...)
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............................................... ..................Franz.



.ra
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lunes, febrero 09, 2009

Tres novelas de Kafka (III), por Pavel Eisner

América
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El personaje que se halla en el centro de la novela titulada América es más joven y lleva un nombre normal: Carlos Rossmann. Tiene dieciséis años. Sus padres lo han enviado a América porque una criada lo ha seducido. Él busca su lugar, intenta crecer, echar raíces, pero no busca siempre el sentido de la vida en la buena dirección y, rechazado, hélo aquí oscilando en el torbellino de la vida americana. Una parte de las maldiciones que pesan sobre los héroes de El Proceso y de El Castillo, lo abruman. El capítulo final, inacabado, y titulado “Teatro de la naturaleza en Oklahoma”, sugiere, sin embargo, que la lucha de Carlos por la íncola interior y exterior tendrá un desenlace feliz. Kafka no estuvo nunca en América pero la novela que ha escrito sobre ese país –una América que hoy pertenece ya a la historia- reposa sobre una fabulación realista y viviente; en ella se encuentran numerosos personajes atrayentes, se siente un empuje, una alegría debidos, evidentemente, a la juventud del héroe y, entre líneas, una ardiente simpatía hacia ese joven y un humorismo delicado. Esta novela maduró lentamente desde la publicación en 1913 de un cuento titulado El chofer (Der Heizer).

jueves, enero 22, 2009

Tres novelas de Kafka (II), por Pavel Eisner

El Castillo .
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El agrimensor K llega a un pueblo la que ha sido llamado para efectuar trabajos de mensura por encargo de la alta administración del Castillo. De la posada del pueblo, telefonea al Castillo para saber si ha sido llamado realmente. Recibe una respuesta negativa seguida a continuación de otra respuesta positiva. Luego la novela se centra en los esfuerzos desplegados por el agrimensor parar dar a conocer que ha sido contratado en los servicios regulares del Castillo. No se tiene acceso directamente al Castillo, (según Max Brod, el castillo de Walenstein, en Friedland, sirvió de modelo a Kafka): todas las comunicaciones deben pasar por una red extremadamente densa de secretarios, de empleados y jefes de las diversas secciones administrativas del Castillo. Y es muy difícil obtener una audiencia, aun de las más subalternas. El agrimensor siente que, si quiere entrar al servicio del Castillo, debe enraizarse en la población. Pero no lo consigue pues inspira a los aldeanos una especie de repugnancia y terror y supersticioso; a los sumo es tolerado. Igualmente vanas son las tentativas del agrimensor de salir de esta situación sirviendose de las queridas que tienen los empleados del Castillo en el pueblo. Todo fracasa, según una reflexión de Kafka, suministrada por Max Brod, la novela debía terminar con la agonía del agrimensor que muere de agotamiento: en el último momento debía recibir un mensaje del Castillo notificándole que no era admitido pero que, no obstante, podía quedarse puesto que había venido. Una suerte de íncola, pues concedido al agrimensor en su lecho de muerte. La tragedia del agrimensor K. incita, una vez mas, a hablar de “el ser en lo verdadero” flauberto-kafkiano: más aun que el apoderado K., el agrimensor K es, en efecto, culpable de haber basado todas sus relaciones con sus semejantes en el calculo de haber buscado, únicamente, que le abrieran las puertas del Castillo. (De igual modo puede verse en esta historia una imagen poética de la suerte de los judíos en la diáspora). El caso del agrimensor es realmente mágico: el quiere “estar en lo verdadero”, pero para conseguirlo recurre a medios inadecuados y por consiguiente ineficaces.
Los empleados del Castillo, muy parecidos al personaje judicial, pintados en El Proceso, pero más claramente diseñados, son siniestros pequeño burgueses, originales, burócratas extravagantes, inaccesibles y huidizos; no tienen nada de humano a no ser, en uno de ellos la lujuria. La grosería, la indignidad de los servidores, no dejan, sin embargo, pronunciar un juicio sobre el Castillo, sobe “el principio de vida”.
El Castillo comienza en primera persona, después el autor designa al héroe con una inicial, K. Como en Jove: nadie ha podido descubrir en Kafka un personaje clave. La ausencia de denominación del personaje principal significa que no es otro que jedermann, el héroe de la balada morava en la cual se dice: “Había un hombre llamado no importa cómo”. Este deseo de alcanzar un valor humano universal surge igualmente del hecho de que ninguno de esos personajes, ni el héroe de El Proceso ni el de El Castillo, tienen el menor recuerdo, la menor prehistoria, apenas algunos acontecimientos familiares en el apoderado, absolutamente nada del agrimensor, nada sobre la infancia de ellos, ni so sobre el pasado que ha precedido a esa crisis de la cual su existencia va a salir perturbada (también El Castillo es un proceso). Así, esos personajes adquieren los dos un valor absoluto. Lo que confirma más la ignorancia en que estamos sobre su apariencia física. Al respecto, los otros personajes, están mejor trabajados: los seres deformes, monstruosos, son los mejor descritos (se nota un fenómeno idéntico en Karel Capek). Tampoco es por azar que los héroes de las dos novelas hayan alcanzado, uno y otro, la treintena que es en la vida la edad de las grandes decisiones; no es por azar, tampoco, que ellos no sean casados (en el pueblo, el agrimensor se casará, pero será “por cálculo”). Ambos confían, sin embargo, en la mediación y la ayuda de las mujeres, uno ante el tribunal, el otro en el castillo; las mujeres están más cercanas al principio superior (ellas están en lo verdadero), pero, al mismo tiempo, representan una seducción engañosa, pues ellas fingen disponer de un poder que les es negado.

martes, enero 20, 2009

Tres novelas de Kafka (I), por Pavel Eisner

El Proceso
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En El Proceso, José K, apoderado de un banco de Praga –todo hace pensar en el banco checo de La Unión, banco alemán hasta 1918- tiene noticia de que ha sido presentada ante un tribunal desconocido una demanda contra él cuyos motivos ignora. Quiere arreglar este asunto que le parece anodino, explicar el error. Pero, el aparato judicial, altamente jerarquizado, se divide en infinitas ramificaciones y el acusado sólo tiene acceso a las instancias inferiores cuyos servicios, instalados en bohardillas de inmuebles praguenses, tienen algo grotesco, mezquino, repugnante. El acusado entra en contacto con los abogados del tribunal invisible, con abogados y consejeros clandestinos, con otros acusados. Pronto deja de interesarse en este asunto ridículo, después obedeciendo a un impulso, se ocupa nuevamente de él; su trabajo en el banco se resiente, el apoderado se pierde, de más en más, en su proceso. Pasa un año. La víspera de su treinta y un aniversario, dos desconocidos, cumpliendo el veredicto del tribunal lo llevan a una cantera de Strahov y lo ejecutan con un cuchillo de carnicero.
Otros textos de Kafka toman sus temas de la vida judicial y de las actuaciones de la justicia: así tenemos el célebre cuento titulado En la colonia penitenciaria, un texto breve pero significativo que se encuentra en el Diario, un fragmento más vasto, el Substituto del procurador, etc. Como lo atestigua el testimonio de los que lo han conocido, Kafka era un jurista notable, cuyo espíritu se prestaba maravillosamente a las finezas de la casuística. La imagen del “tribunal” lo persigue hasta en las circunstancias más íntimas de su vida, como lo demuestra ese grito en su Diario: “¡Si por lo menos vinieras, tribunal invisible!”. Sin embargo, he experimentado alguna vacilación al traducir el título de la obra, “de acuerdo al sentido”, por Proceso[1]. Pues literalmente, se trata de un proceso en el sentido grueso y primario de la palabra procesus, de la progresión de una cosa irrevocablemente comenzada, de aquello que los médicos denominan “proceso” en las enfermedades incurables. Dejemos de lado las explicaciones puramente teológicas –aunque la idea de la predestinación no fue totalmente extraña a Kafka- y atengámonos a nuestro “denominador común”: como se produce frecuentemente en Kafka, asistimos aquí a una repentina ruptura en la vida de un individuo, a una catástrofe que, rápida como el rayo, se abate sobre una superficie regular o sobre una regularidad superficial. El apoderado K, empleado diligente y hábil, hombre respetable, no está “en lo verdadero”. Sus relaciones con sus semejantes permanecen en la superficie, no ha retribuido su vida con un sentimiento real, con una simpatía real hacia quienquiera que fuese. Es por eso que incurre en pena capital.
Aparte de los elementos sacados de la vida judicial, hay en la atmósfera de El Proceso otro ingrediente: éste último extraído de la vida bancaria, comercial. Dicho tema reaparece frecuentemente en la obra de Kafka y no sólo en sus novelas y en el texto de su Diario (por ejemplo, en El Lavadero); el escritorio encontraba en su mismo medio familiar (ver la evocación del misterios término “último” –en español en el original-, que impresionó al escritor en su infancia). Pero en El Proceso, la presencia de ese elemento proviene igualmente (y, sin duda, por encima de todo) del hecho que la profesión de apoderado implica una existencia fundada en valores justamente mensurables, definidos y que pueden inducir a error. Hasta el héroe de El Castillo ejerce una profesión igualmente sólida.
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[1] El título de la obra en la traducción checa es Proceso capital expresión semejante a la francesa “pena capital”, pero intraducible literalmente.

lunes, agosto 21, 2006

Una versión del miedo

Kafka y el matrimonio
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El miedo es el descubrimiento de la posibilidad -no de la certeza- de la posibilidad, de que aquello que nos satisface se pierda, de que aquello que nos atormenta se torne aún peor. Las mayores o menores chances de que esa posibilidad suceda es indiferente a la aparición del miedo; sólo podrá inferir, en todo caso, en las dimensiones que este adquiera y en nuestra capacidad para replicarlo a través de la razón basada en un calculo de probabilidades. Es en la mera insinuación de que x acontecimiento suceda, de que tal hecho nos perturbe (aún cuando su concreción posea un mínimo grado de posibilidades) el terreno en el que respira el miedo .

De la misma manera en que el descubrimiento de esa mínima posibilidad de cambio es suficiente para su aparición, de igual modo alcanza con que ese suceso probable se concrete para que perdamos, al instante, el miedo. Es en ese momento cuando el miedo pierde su esencia de realidad, que radica en los momentos previos a la batalla y no en la batalla, en el acechamiento del mal y no en el mal mismo, en las víspera de la tortura y no en la tortura, para que entren en escena otros factores: la resignación, la desesperación, la parálisis… nada que tenga que ver con el miedo; para entonces este forma ya parte del pasado.

Carta al padre (noviembre de 1919)

Ya he indicado que en los escritos y en lo relacionado con ellos he efectuado unos pequeños intentos de independización, de huida, con un mínimo de éxito; tienen pocas probabilidades de seguir adelante, pues muchos indicios me lo confirman. Sin embargo, es mi obligación, o, mejor dicho, mi vida consiste en velar por ellos y cuidar de que no se acerque a ellos ningún peligro, y ni tan sólo la posibilidad de un peligro. El matrimonio es la posibilidad de un tal peligro, aunque también es la posibilidad de un máximo estímulo; a mí me basta, sin embargo, que sea la posibilidad de un peligro. ¿Qué haría yo si realmente fuera un peligro? ¿Cómo podría seguir viviendo el matrimonio con el sentimiento de ese peligro, quizás indemostrable, pero de todos modos irrefutable? Frente a ello me puedo mostrar indeciso, pero el desenlace final es irreversible. La comparación con el pájaro en mano y ciento volando sólo encaja aquí de forma vaga. No tengo nada en la mano, todo esta volando, y sin embargo –así lo dictan las condiciones de lucha y las necesidades de la vida- debo elegir la nada.

miércoles, junio 28, 2006

Kafka y el infinito

Franz Kafka, por Jorge Luis Borges
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Kafka nació en el barrio judío de la ciudad de Praga, en 1883. Era enfermizo y hosco: íntimamente no dejó nunca de menospreciarlo su padre y hasta 1922 lo tiranizó. (De este conflicto y de sus tenaces meditaciones sobre las misteriosas misericordias y las ilimitadas exigencias de la patria potestad, ha declarado él mismo que procede toda su obra). De su juventud sabemos dos cosas: un amor contrariado y el gusto por las novelas de viajes. Al regresar de la universidad, trabajó algún tiempo en una compañía de seguros. De esa tarea lo libró aciagamente la tuberculosis: con intervalos, Kafka pasó la segunda mitad de su vida en sanatorios del Tirol, de los Cárpatos y de los Erzegebirge. En 1913 publicó su libro inicial, "Consideración", en 1915 el famoso relato "La metamorfosis", en 1919 los catorce cuentos fantásticos o catorce lacónicas pesadillas que componen "Un médico rural".
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La opresión de la guerra está en esos libros: esa opresión cuya característica atroz es la simulación de felicidad y de valeroso fervor que impone a los hombres... Sitiados y vencidos, los Imperios Centrales capitularon en 1918. Sin embargo, el bloqueo no cesó y una de las víctimas fue Franz Kafka. Éste, en 1922, había hecho su hogar en Berlín con una muchacha de la secta de los Hasidim, o Piadosos, Dora Dymant. En el verano de 1924, agravado su mal por las privaciones de la guerra y de la posguerra murió en un sanatorio cerca de Viena. Desoyendo la prohibición expresa del muerto, su amigo y albacea Max Brod publicó sus múltiples manuscritos. A esa inteligente desobediencia debemos el conocimiento cabal de una de las obras más singulares de nuestro siglo.
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Dos ideas –mejor dicho, dos obsesiones- rigen la obra de Franz Kafka. La subordinación es la primera de las dos; el infinito, la segunda. En casi todas sus ficciones hay jerarquías y esas jerarquías son infinitas. Karl Rossmann, héroe de la primera de sus novelas, es un pobre muchacho alemán que se abre camino en un inextricable continente; al fin lo admiten en el Gran Teatro Natural de Oklahoma; ese teatro infinito no es menos populoso que el mundo y prefigura al Paraíso. (Rasgo muy personal: ni siquiera en esa figura del cielo acaban de ser felices los hombres y hay leves y diversas demoras). El héroe de la segunda novela Josef K., progresivamente abrumado por un insensato proceso, no logra averiguar el delito de que lo acusan, ni siquiera enfrentarse con el invisible tribunal que debe juzgarlo; éste, sin juicio previo, acaba por hacerlo degollar. K., héroe de la tercera y última, es un agrimensor llamado a un castillo, que no logra jamás penetrar en él y que muere sin ser reconocido por las autoridades que gobiernan. El motivo de la infinita postergación rige también sus cuentos. Uno de ellos trata de un mensaje imperial que no llega nunca, debido a las personas que entorpecen el trayecto del mensajero; otro, de un hombre que muere sin haber conseguido visitar un pueblito próximo; otro –Una confusión cotidiana- de dos vecinos que no logran juntarse. En el más memorable de ellos –La edificación de la muralla china, 1919-, el infinito es múltiple: para detener el curso de ejércitos infinitamente lejanos, un emperador ordena que infinitas generaciones levanten infinitamente un muro infinito que dé la vuelta su imperio infinito.
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La crítica deplora que en las tres novelas de Kafka falten muchos capítulos intermedios, pero reconoce que esos capítulos no son imprescindibles. Yo tengo para mí que esa queja indica un desconcocimiento esencial del arte de Kafka. El pathos de esas “inconclusas” novelas nace precisamente del número infinito de obstáculos que detienen y vuelven a detener a sus héroes idénticos. Franz Kafka no las terminó, porque lo primordial era que fuesen interminables. ¿Recordáis la primera y la más clara de las paradojas de Zenón? El movimiento es imposible, pues antes de llegar a B deberemos atravesar el punto intermedio C, pero antes de llegar a D... El griego no enumera todos puntos; Franz Kafka no tiene por qué enumerar todas las vicisitudes. Bástenos comprender que son infinitos como el Infierno.

En Alemania y fuera de Alemania se han esbozado interpretaciones teológicas de su obra. No son arbitrarias –sabemos que Kafka era devoto de Pascal y de Kierkegaard-, pero tampoco son muy útiles. El pleno goce de la obra de Kafka –como el de tantas otras- puede anteceder a toda interpretación y no depende de ellas.
La más indiscutible virtud de Kafka es la invención de situaciones intolerables. Para el grabado perdurable le bastan unos pocos renglones. Por ejemplo: “El animal arranca la fusta de manos de su dueño y se castiga hasta convertirse en el dueño y no comprende que no es más que una ilusión producida por un nuevo nudo de la fusta”. O sino: “En el templo irrumpen leopardos y se beben el vino de los cálices; esto acontece repetidamente; al cabo se prevé que acontecerá y se incorpora a la ceremonia del templo”. La elaboración, en Kafka, es menos admirable que la invención. Hombres, no hay más que uno en su obra: el homo domesticus –tan judío y tan alemán-, ganoso de un lugar, siquiera humildísimo, en un Orden cualquiera; en el universo, en un ministerio, en un asilo de lunáticos, en la cárcel. El argumento y el ambiente son lo esencial; no las evoluciones de la fábula ni la penetración psicológica. De ahí la primacía de sus cuentos sobre sus novelas; de ahí el derecho a afirmar que sus relatos no dan íntegramente la medida de tan singular escritor.

martes, junio 20, 2006

Textos breves

Franz Kafka: Escritos
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Kafka escribió tres novelas que dejó inconclusas “El castillo”, El proceso”, “América”; varios cuentos como “En la colonia penitenciaria”, “Ante la ley”, “Medico rural”, “La muralla china”, “La metamorfosis”, “La construcción”; escritos íntimos luego públicos: su “Diario” y “Carta al padre”; y además una inmensa cantidad de textos breves y aforismos, a esos textos breves, que por expreso pedido del autor no deberían haber visto luz (al igual que el resto de su obra), pertenecen los publicados abajo.
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Max Brod explica que ya había avisado a su amigo que su pedido de que queme todo nunca sería llevado a cabo, y que, avisado de esto, Kafka no cambió de ejecutante de su testamento. También que si el deseo de su amigo hubiese sido destruirlo todo, no dejar el más mínimo indicio de su producción literaria, esa acción tranquilamente la pudiese haber llevado a cabo él mismo. Para muchos, sin embargo, Max Brod sigue siendo aquel que no respeto la solicitud de un amigo, el mandato de su confidente. Hecho atroz que roza el que es para Borges la peor de las deshonras, para Dante el peor de los pecados, el hecho de la traición. Así lo afirma Milan Kundera.
.Pero no es la intención aquí abrir juicio sobre el accionar de Brod; ni de acusarlo, ni de defenderlo. Sólo es llamar la atención, antes de dar paso a lo principal, los textos publicados debajo, sobre el hecho de que más allá de que fuera cual haya sido la verdadera intención de Kafka (intención para nosotros y para cualquiera oculta e incomprobable) fue en Brod, y no en otro, en quien el autor deposito su confianza. Fue en él en quien Kafka vio al más indicado para llevar a cabo su misterioso testamento, y es la suya la amistad que Kafka eligió y no la nuestra. Y esto implica un hecho de relevancia irrefutable.
Se podrá discutir y debatir, analizar e interpretar cual fue la verdadera intención del autor checo sobre el destino de sus obras, pero nunca se podrá equiparar la ventaja que Max Brod posee sobre el resto de los mortales para interpretar su designio: fue él quien compartió sus tardes con Kafka, fue él quien lo llegó a conocer, tal vez, mejor que nadie; ninguno con más herramientas que Brod, para poder llegar a comprender cuales eran las verdades intenciones de su amigo.
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Una pequeña fábula

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Ay! –dijo el ratón-. El mundo se hace cada día más pequeño. Al principio era tan grande que le tenía miedo; corría y corría y por cierto que me alegraba ver esos muros, y siniestra, en la diestra la distancia. Pero esas paredes se estrechan tan rápido que me encuentro en el último cuarto y ahí en el rincón está la trampa, sobre la cual debo pasar.
-Todo lo que debes hacer es cambiar de rumbo –dijo el gato, y se lo comió.

La partida
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Ordené que trajeran mi caballo del establo. El criado no me entendió así que fui yo mismo. Ensillé el caballo y lo monté. A la distancia oí el sonido de una trompeta y pregunté al mozo su significado. Él no sabía nada; no había oído sonido alguno. En el portón me detuvo y preguntó:
-¿Hacia dónde cabalga, señor?
-No lo sé –respondí-, sólo quiero partir, sólo partir, nada más que partir de aquí. Sólo así lograré llegar a mi meta.
-¿Entonces conoce usted la meta? –preguntó él.
-Sí –contesté-. Ya te lo he dicho. Partir, ésa es la meta.
-¿No lleva provisiones? –preguntó.
-No me son necesarias –respondí-, el viaje es tan largo que moriré de hambre si no consigo alimentos por el camino. No hay provisión que pueda salvarme. Por suerte es un viaje realmente interminable.
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Una cruza
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Tengo un animal singular, mitad gatito, mitad cordero. Lo heredé con una de las propiedades de mi padre. Desde que está conmigo ha completado su desarrollo; antes era más cordero que gato. Ahora participa de ambas naturalezas por igual. Tiene del gato la cabeza y las uñas; del cordero el tamaño y la forma; de ambos los ojos, salvajes y chispeantes, la piel suave ajustada al cuerpo, los movimientos a la par vivaces y furtivos. Echado al sol en el hueco de la ventana, se hace un ovillo y ronronea; en el campo corre como loco y es imposible alcanzarlo. Huye de los gatos y pretende atacar a los corderos. En las noches de luna su paseo favorito son los tejados. No sabe maullar y le repugnan las ratas. Pasa horas y horas en acecho ante el gallinero, pero no ha aprovechado jamás la ocasión de matar.
Lo alimento con leche: es lo que le siente mejor. La sorbe a grandes tragos entre sus dientes de animal de presa. Naturalmente, constituye un gran espectáculo para los niños. Loas visitas son los domingos por la mañana. Me siento con el animal en las rodillas y me hacen rueda todos los niños de la vecindad.
Escucho, entonces, las más extraordinarias preguntas, que ningún ser humano es capaz de contestar: ¿Por qué hay un solo animal así? ¿Por qué soy yo su poseedor y no otro?, si antes ha existido un animal parecido y qué pasará después de su muerte, si no se siente solo, porque no tiene hijos, cuál es su nombre, etcétera.
No me tomo el trabajo de responde: me limito a exhibir mi propiedad, sin grandes explicaciones. A veces las criaturas traen gatos; un día llegaron a traer corderos. Contra lo que esperaban no se registraron escenas de reconocimiento. Los animales se miraron tranquilamente con ojos animales, y se aceptaron mutuamente como un hecho natural.
Sobre mis rodillas este animal no conoce ni el miedo ni deseos de perseguir a nadie. Acurrucado contra mí es como se siente mejor. Está apegado a la familia que lo crió. Esto no puede ser considerado, desde luego, como una extraordinaria muestra de fidelidad, sino como el recto instinto de un animal que en la tierra tiene innumerables parientes políticos, pero quizá ni uno solo consanguíneo, y para el cual, por lo mismo, resulta sagrada la protección que ha encontrado entre nosotros.
A veces me da risa cuando me olfatea, se desliza por entre mis piernas y no quiere apartarse de mí. Como si no le alcanzara ser gato y cordero también le gustaría ser perro. Una vez, como le ocurre a cualquiera, no hallaba yo forma de solucionar ciertos problemas económicos y estaba a punto de terminar con todo. Con esa idea me mecía en el sillón de mi cuarto, con el animal sobre las rodillas; entonces bajé los ojos y vi lágrimas que goteaban de sus grandes bigotes. ¿Eran suyas o mías? ¿Tiene este gato de alma cordero ambición humana? No es mucho lo que he heredado de mi padre, pero vale la pena cuidar este legado.
Tiene la inquietud de los dos, la del gato y la del cordero, aunque ambas son muy distintas. Por eso le queda estrecho el pellejo. A veces salta al sillón, apoya las patas delanteras contra mi hombre y acerca el hocico a mi oído. Es como si me hablara, y de hecho vuelve la cabeza y me mira atentamente para observar el efecto de su comunicación. Para complacerlo hago como si hubiera entendido algo y asiento con la cabeza. Salta entonces y brinca a mi alrededor.
Quizá la cuchilla del carnicero fuese la redención para este animal, pero tengo que negárselo porque lo he recibido en herencia. Por eso tendrá que esperar hasta que se le acabe el aliento, aunque a veces me mira con razonables ojos humanos, que tientan a obrar compasivamente.
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El buitre.


Un buitre me picoteaba los pies. Ya me había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos amenazadores alrededor y luego continuaba su obra. Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba el buitre.
-Estoy indefenso –le dije-, vino y empezó a picotearme; lo quise espantar y hasta proyecté torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies; ahora están casi hechos pedazos.
-No se debe atormentar –dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.

-¿Le parece? –pregunté-, ¿quiere encargarse usted del asunto?
-Encantado –dijo el señor-, no tengo más que ir a casa a buscar mi fusil, ¿puede aguantar media hora más?
-No sé –le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después agregué-: por favor, pruebe de todos modos.
-Bueno –dijo el señor-, me apuraré.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado vagar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco más lejos, retrocedió para alcanzar impulso óptimo, y, como un atleta que arroja la jabalina, encajó su pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; sentí que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre, irremediablemente, se ahogaba.

sábado, junio 10, 2006

La otra cara de Franz

Franz Kafka


"No desesperes, ni siquiera por el hecho
de que no desesperas. Cuando todo
parece terminado, surgen nuevas fuer-
zas; esto significa que vives" F.Kafka
...
La imagen que se tiene de Franz Kafka es la del hombre triste, introvertido, enfrentado a fuerzas superiores ante las cuales no sabe como ni puede contrarrestar. Esa imagen es emitida por sus obras, especialmente “El Castillo”, “El Proceso” y, por supuesto sus “Diarios”. Sin embargo, un escritor no es únicamente lo que escribe, el autor es, además de autor, persona y esa persona no es nunca un mero reflejo de su obra. Dice Max Brod, amigo íntimo y difusor de la obra de Kafka: “Con renovada experiencia he advertido que los cultores de Kafka, que sólo lo conocen a través de sus libros, tienen una imagen totalmente falsa de él. Creen que también su trato debió haber resultado triste, desesperado. Todo lo contrario. Le hacía bien a uno estar con él. La plenitud de sus pensamientos que exponía casi siempre en tono festivo, lo convertía al menos –y me refiero únicamente al grado más bajo- en una de las personas más interesantes que he conocido, a pesar de su modestia y su calma. Hablaba poco; en reuniones grandes callaba a menudo durante horas enteras. Pero cuando decía algo, se le prestaba inmediatamente atención. Pues era trascendental, daba en el clavo. Y en la conversación intima se le soltaba la lengua, llegando a entusiasmarse, a ser encantador; las bromas y las risas no tenían fin; reía a gusto y cordialmente, y sabía hacer reír a sus amigos. Es más: en situaciones difíciles podía uno confiarse sin reparos al alivio de su experiencia en el mundo, de su tacto, de su consejo, muy pocas veces erraba. Era un amigo maravillosamente útil. (…) Uno de los motivos que me impulsan a escribir estos recuerdos es el siguiente: de la lectura de sus libros y, sobre todo, de sus Diarios, se puede tener a llegar de él una imagen totalmente distinta, mucho más lúgubre que la que deparaba su trato cotidiano.”
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Jorge Luis Borges escribe en sus Nueve ensayos dantescos “El falso problema de Ugolino”. Allí narra la situación de Ugolino que encarcelado junto a sus hijos, “movido por el dolor, se muerde las manos; los hijos creen que lo hace por hambre y le ofrecen su carne, que él engendró. Entre el quinto y el sexto día los ve, uno a uno, morir. Después se queda ciego y habla con sus muertos y llora y los palpa en la sombra; después el hambre pudo más que el dolor.” En la comedia: `Poscia, piú che il dolor, poté il digiuno`.
Seguidamente Borges contrapone las dos lecturas posibles: la de los primeros estudiosos: “…que el hambre rindió a quien tanto dolor no pudo vencer y matar.” Y las conjeturas modernas que sostienen la signifación de los versos en forma literal adjudicando a Ugolino un acto de caníbalismo. La conjetura se sostiene en los versos en que los hijos ofrecen a Ugolino su carne y en el hecho de que este es encontrado por Dante royendo el cráneo de un arzobispo. Borges pregunta: “¿Quiso Dante que pensáramos que Ugolino (el Ugolino de su infierno, no el de la historia) comió la carne de sus hijos? Yo arriesgaría la respuesta: Dante no ha querido que lo pensemos, pero sí que lo sospechemos. La incertidumbre es parte de su designio. Ugolino roe el cráneo del arzobispo; Ugolino sueña con perros de colmillos agudos que rasgan los flancos del lobo. Ugolino oye que los hijos le ofrecen inverosímilmente su carne; Ugolino, pronunciando el ambiguo verso, torna a roer el cráneo del arzobispo. Tales actos sugieren o simbolizan el hecho atroz. Cumplen una doble función: los creemos parte del relato y son profecías.Y cierra: “En la tiniebla de su Torre del Hambre, Ugolino devora y no devora los amados cadáveres, y esa ondulante imprecisión, esa incertidumbre, es la extraña materia de que está hecho. Así, con dos posibles agonías, lo soñó Dante y así lo soñaran las generaciones.”
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El escritor alemán Michael Ende se pregunta: “¿Si Kafka quiso decir en sus obras todo lo que sus intérpretes dicen que quiso decir? ¿Por qué no lo dijo él mismo?”
No podemos guiarnos al leer a Kafka, a Borges o a Ende, o a cualquier otro autor, por las interpretaciones que resulten de sus obras. Cada palabra, cada coma, cada repetición que se encuentra en un texto es decidida deliberadamente por el autor, de ahí, y no de interpretaciones, se descubre lo que el autor quiere decir. Dante no quiso dar al lector la certeza de si Ugolino devoró o no devoró la carne de su descendencia, quiso que descubramos esa posibilidad y que, como lectores, elijamos. Dante nos permita significar el verso otorgándonos así un rol activo en la construcción de la trama. Kafka no quiere que pensemos que el castillo que domina Praga y la suerte de su personaje es la representación de dios o de su padre, quiere que imaginemos que de una entidad con las características de su castillo puede depender la suerte de un hombre y que cada uno de nosotros lo resignifiquemos… o no.
Cito a Milan Kundera: "El hombre desea un mundo en el cual sea posible distinguir con claridad el bien del mal porque en él existe el deseo, innato e indomable, de juzgar antes que de comprender. (...) O bien K., inocente, es aplastado por un tribunal injusto, o bien tras el tribunal se oculta la justicia divina y K. es culpable.
En este ´o bien - o bien´ reside la incapacidad de soportar la relatividad esencial de las cosas humanas, la incapacidad de hacer frente a la ausencia de Juez supremo. Debido a esta incapacidad, la sabiduría de la novela (la sabiduría de la incertidumbre) es difícil de aceptar y comprender."
Y leo páginas más adelante: "Esforzándose por descifrarlo fue como los Kafkólogos mataron a Kafka."
La contundencia de la sentencia es definitiva.