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miércoles, septiembre 17, 2014

La importancia del vínculo

Apoyada en dos reflexiones de Tomas G. Masaryk*
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Vemos el estado del mundo y nos resulta difícil enorgullecernos. Los daños causados por el hombre al planeta, a los animales, a los bosques, a sí mismo, saltan por doquier para dejar en evidencia que hay algo que está torcido, hay algo que debemos de estar entendiendo mal.
Michael Ende afirma que entre fines del Siglo XIX, algo se rompió para siempre: 

Todo cambió con el comienzo de la modernidad. Por aquellos tiempos, el moderno intelectualismo empezó a desbancar en todos los campos a la vieja espiritualidad de Europa. En sus distintas manifestaciones -las ciencias «objetivas» de la naturaleza, con su posterior aditamento de técnica de industria por un lado, y unas ciencias del espíritu y una teología que se diluyen cada vez más para transformarse en secas abstracciones, por otro- extirpó con fogoso celo los últimos restos de las imágenes antropomórficas, o sea, afines al hombre, que aún existían del universo. En el siglo XIX su triunfo fue total: la imagen del mundo se había vuelto literalmente inhumana. 

A partir de esa imagen se crea un problema radical en el hombre, pues ¿cómo puede alcanzar la felicidad alguien que vive en un mundo que ya no tiene absolutamente nada que ver con él? ¿Cómo sentirnos esenciales, trascendentes, en un mundo en el cual tenemos fecha de vencimiento (nosotros como individuos, pero también como especie) sabiendo que no quedara luego de nosotros ni de nadie memoria alguna? Nos cuesta sentirnos satisfechos y realizados cuando vivimos convencidos de que a todo aquello que nos rodea y nos contempla (las estrellas, el sol, los mares) (y nos sobrevivirá) les somos indiferentes. Despertados (sin que se nos haya consultado nunca, sin nuestra opinión) en un mundo ajeno, impuesto, lleno de maldad, horrores y muerte ¿Dónde encontrar la belleza en un mundo cuyo fin es la podredumbre y la frialdad última? Nuestras acciones se vuelcan en una desesperada búsqueda de los placeres y las satisfacciones que consigan hundirnos profundamente en el aquí y ahora, para que de esa manera, sumergidos en el presente, podamos perder de vista, aunque sea por unos instantes, la concepción que tenemos del mundo. (Y de ese futuro, en el que nos aguarda una muerte que terminará con la historia). Sin que haya barrera alguna que debamos respetar, pues el mundo ha dejado de tener con nosotros cualquier tipo de vínculo sagrado, para convertirse simplemente en el lugar del cual abastecernos.
Seguramente no haya cultura, desde el principio de los tiempos, en la que el hombre, en las medidas de sus posibilidades, no haya intentado adornar, decorar, apropiarse de los lugares en los que ha residido (no importa si se tratase de la más ampulosa casa, o de la más humilde de las habitaciones). Arreglamos nuestros hogares de manera que nos reflejen e identifiquen, para intentar que nos devuelvan, al fin de cada jornada, una imagen reconfortante de lo que somos y en lo que creemos. En la personalidad de Masaryk parecería manifestarse una idea acorde a la necesidad de que, tal como lo hacemos con los espacios físicos, también volquemos sobre el mundo un mecanismo que nos permita vincularnos con el universo de una manera íntima y personal, otorgándole a este una imagen que también nos reconforte y nos recuerde a nosotros mismos. Esa imagen, sin embargo, no puede estar desligada a la razón, porque entonces dejaría de ser convincente, ni debe dejar de ser íntima, ya que lo contrario (aceptar una religión dogmática) equivaldría a aceptar la existencia de dos individuos que buscasen la devolución de una misma e idéntica imagen. Es decir la existencia de dos personas completamente iguales. Únicamente, agregaremos aquí, ante la idea de un universo del que nos sintamos participes, y al que observemos como propio, con cada uno de sus mundos, sus planetas (el nuestro sobre todo) y los seres que allí habitan; únicamente cuando nos demos cuenta de que somos participes de la construcción de lo que nos rodea aun cuando no queramos, desde el momento en que nos es inevitable darle un sentido y una interpretación a la realidad, es que conseguiremos, quizá, tratar al mundo y a los otros, como quisiéramos que nosotros mismos fuéramos tratados.  

"Quisiera ver a la juventud -decía Masaryk- no aceptar nada a ciegas, estudiar y formarse un juicio independiente". Y de esta manera Masaryk orientaba y formaba la juventud checa en un espíritu nuevo, moderno, europeo, en franca oposición con el espíritu que entonces predominaba en Praga. 
Desde el punto de vista religioso, Masaryk manifestó desde el principio muy claramente su profunda religiosidad, aunque libre de religiones dogmáticas. 
Masaryk combatió siempre el ateísmo del hombre moderno, lo mismo que el abuso de la religión por las iglesias, y ha insistido sobre la necesidad individual y social de una religión, como la fuerza moral esencial que nos conduzca a una nueva vida, a una apreciación más alta de ella, y que nos permita resolver el problema central de la existencia humana, que es el problema de la Eternidad.
En uno de sus discursos pronunciados en el Parlamento de Viena, Masaryk confesó que, en su vida, no había sido ni un solo momento incrédulo; que cree en Dios, que cree en la inmortalidad del alma y que reza el Padrenuestro.
Por otra parte, considera la religión como un hecho personal adquirido por una fe razonada y por una convicción de cada individuo normal y armónico.
(...)
Además, la religión que es adquirida por la convicción y que nos pone frente al problema de la Eternidad, nos conduce a conservar y perfeccionar nuestra alma inmortal en la vida presente, llevándonos también a amar el alma inmortal del prójimo. 
(...)
No es preciso creer en Dios -dice Masaryk-; es necesario formar y reconocer nuestras relaciones con Dios y con el mundo; es preciso vivir bajo el aspecto de la vida eterna y es preciso en este mundo cumplir la voluntad de Dios y ejecutar con plena conciencia el deber que se impone a cada individuo y a cada nación por la Providencia."

Vlastimil Kybal, autor de los párrafos citados, cierra afirmando que Masaryk por sus ideas y su propio ejemplo (...) despertó el espíritu religioso y moral, y excitó a la nueva generación a formarse una concepción de vida seria, libre a la vez del escepticismo frívolo y de la credulidad mecánica. 

En efecto, no hay una credulidad más mecánica que la de aceptar una fe y una ética que no nos pertenecen porque se nos imponen y no hemos construido; ni un escepticismo más frívolo que aquel que insiste en aplicar a la existencia humana un mecanismo racional (el científico) que es incapaz de probar la existencia de todo lo que se encuentra por fuera de sí mismo (ni la del amor, ni la de la esperanza, ni de la Dios. Ni siquiera la de nuestro propia -y no por ello para nosotros menos cierta- existencia y realidad).    


*Difícilmente exista a lo largo del siglo XX una personalidad checa más destacada que la de Tomas G. Masaryk, ideólogo y padre fundador de la República Checoslovaca. Aún así, y a modo de guía para desprevenidos lectores, una breve reseña de su figura puede encontrarse en la entrada de la omnisciente wikipedia (aquí) y una algo más extensa, realizada por Radio Praga, (acá).


martes, julio 14, 2009

Tema del traidor y del héroe –Segunda parte.

Tomas G. Masaryk
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Otras páginas célebres ha escrito Borges sobre el tema. En una de ellas (podremos obivar aquí sus conjeturaciones sobre Judas y la revelación de su naturaleza heroica y hasta divina), en una de ellas, decíamos, el héroe se encuentra detrás de la figura del traidor. Más aún la traición es pieza indispensable para la aparición del héroe. Es sobre el camino de la traición por donde el héroe avanza. La sublimación en este caso reside en la estimación de un nuevo valor insurgente sobre aquellos añejos que se mantienen y respetan por tradición y acostumbramiento, más que por la convicción que cada ideal debería despertar en el hombre. Así es en el caso de la “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, ese personaje del Martín Fierro, de José Hernández, que desoye su deber de sargento y combate de repente contra su propia partida a fin de no permitir que se mate a un valiente:
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El criminal salió de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la barba gris parecían comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. Básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los hombre de Cruz. Éste, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que llevo dentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya le estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados, junto al desertor Martín Fierro.

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El culto del coraje, de los orígenes, de la naturaleza de cada hombre, de la rebeldía, pero por sobre todas las cosas de libertad individual del hombre se anteponen en esta escena a los de la patria, el deber y la obediencia. En su libro sobre Tomás Masaryk, que recapitula los coloquios que su autor mantuvo con el fundador del la primera república, Emil Ludwing recoge la narración de Masaryk de cómo fue formado el primer ejercito checo, ese ejercito que respondía a un hombre y no a un estado, que aún no había nacido y que empujaba por nacer. El mismo que –tal como Tadeo Isidoro Cruz lo hiciera- se erigiría a partir de la traición, esta vez no a la patria, pero sí al deber, a la obediencia y a un imperio que (sólo basta con recordar a Svejk) ningún checo sentía suyo.
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La nación checa se conocía menos. Como teníamos que llamar la atención del mundo hacia nosotros, era, pues, necesario mostrar a los aliados algo más que nuestra historia y nuestras reivindicaciones de derecho. ¿Qué sucedió con los miles de desertores checoslovacos que se pasaron a los rusos, al escuchar, allá en las trincheras, sus canciones populares? Reuní, pues, primeramente a aquéllos. Yo presentía que debíamos luchar y no sólo reducirnos a gritar nuestros derechos contra Austria y Hungría. Con métodos de profesor no iba yo a ir muy lejos. Cuando todo el mundo empuñaba el fusil, también debía empuñarlo yo. . Cuando hace poco, alababa la hospitalidad de los rusos, pensé que aquella era más bien debida a la falta de distracción de la gente en el campo. Muchos soldados se aburrían también en el cautiverio, y estaban deseosos de poder emprender alguna acción. Además, la legión garantizaba el pan y la seguridad. Pero en su mayoría se mostraron entusiasmados, y políticamente maduros y decididos. La idea de luchar contra Austria-Hungría nació espontáneamente en todos los países aliados. Yo hablé al respecto en Praga, al principio de la guerra, con un paisano que se había naturalizado en Estados Unidos y quien, luego (Estados Unidos seguía siendo aún neutral), se fue a ver a los compatriotas radicados en todos los países aliados, llevándoles el mensaje. En Francia, donde no había ningún checo prisionero, se presentaron al ejército francés los colonizadores, en su mayor parte obreros, para luchar contra Austria. Más tarde formaron grupos voluntarios dentro de un regimiento. Cuando se ensayó lo mismo en Rusia, el gobierno zarista calificó esta actitud de traición al emperador Francisco José, y el enrolamiento de los checos prisioneros fue rechazado, aduciéndose que no se podía fiar en “semejante traidores”. ¿Qué es, pues, legalidad? Los emperadores se ayudan entre sí, aun cuando oficialmente estén en guerra. Solamente al caer el zar y subir al poder Miljukow, a quien ya conocía yo de antes, obtuvieron nuestros prisioneros el permiso de organizarse y de participar en la guerra. Pero ya en 1914 se habían formado grupos especiales en el ejército con los checos y eslovacos residentes en Rusia.