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lunes, enero 21, 2008

La leyenda del aire

EL AERO A-100
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En los años treinta, cuando la situación política de Europa ennegrecía, el Ministro de Defensa Nacional de Checoslovaquia se vio forzado a modernizar las Fuerzas Aéreas. En 1932 el Ministro organizó un concurso de diseños de aéroplanos y bombarderos con el cual buscaba encontrar un remplazo a los obsoletos biplanos Aero A-11, Letov S-16 y Aero AP-32. La competencia fue ganada por la Aero Factory con la presentación del prototipo Aero A-100, quien venció al Praga E-36, el cual no pudo ser terminado a tiempo.

Para ese tiempo, el Aero A-100 era un rápido biplano de una limpia aerodinámica. La primer demostración pública ocurrió durante un show aéreo en Praga el 10 de septiembre de 1933, con el piloto Jan Vnuk en los controles. El problema principal del prototipo A-100 fue la vibración en la armadura y en la unión de la cola con los alerones. Después de la instalación del equipamento militar también las características de vuelo dejaron mucho que desear: los alerones y las partes del armazón fueron rediseñadas y las partes del frente fueron alargadas.

El Ministro Nacional de Defensa ordenó la primer serie de once A-100 el 18 de octubre de 1933. Este pedido fue llevado a cabo por el ejercito entre julio y octubre de 1934. La segunda serie de 33 aviones más fue realizada entre enero y mayo de 1935. De acuero a su velocidad, el A-100 debía ser usado principalmente para tareas de reconocimiento. La versión de largo alcance podía sostener hasta un máximo de cinco horas de autonomía de vuelo. Su versión bombardera podía almacenar hasta 600 kilos de armamento. El A-100 estuvo al servicio de los Escuadrones de Reconocimiento del Regimiento Aéreo hasta la movilización de 1938. Entonces fue adaptado para cumplir funciones de entrenamiento dontándolo de controles dobles. Este servicio lo llevó a cabo en la Escuela Militar de Vuelo de Prestijov. El desarrollo del A-100 continuó con las versiones A-101 Y AB-101.

Para la mañana del 09 de mayo de 1945 el territorio de Bohemia había sido practicamente liberado de la ocupación Nazi y sólo algunos focos de resistencia del ejercito alemán prestaban batalla ante la euforia de las legiones checas. Apenas un tiempo después -ese mismo día- llegaría la ansiada noticia de la recapitulación Alemana. En este contexto ninguna orden había sido impartida para que el Escuadron de Entrenamiento Número 01 de la Escuela Militar de Vuelo de Prestijov sobrevuele las ciudades checas; acariciando desde la nubes que se alzaban sobre el Castillo de Praga hasta aquellas que adornaban Teplice, Budejovice y el barrio obrero de Zikov.

Si bien los poderosos bombardeos rusos ya dejaban entresentir en la Europa central los aires de liberación y de resurgimiento en todo el territorio, el vuelo de aquellos Aero A-100, que sin orden alguna decoraron los cielos de Bohemia, se parecieron increiblemente a un hermoso grupo de alondras que después de tanto tiempo volvían a casa.





jueves, junio 29, 2006

El león de Bruncvík

La leyenda del león checo, por Jaroslav Smrz.
El animal emblemático del Reino Checo es un león blanco en el campo rojo. Sin embargo, el primer animal del escudo de los soberanos checos fue el águila del príncipe premislita y luego santo Venceslao. Sobre la "llegada" del león al escudo checo existe una leyenda pintoresca.

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En tiempos remotos, vivía en Praga un príncipe. Según algunos, fue el primer rey hereditario de la dinastía de los Premislitas, Premysl Otakar I. Sin embargo, según la leyenda, se llamaba Bruncvík y comenzó a gobernar su feudo desde muy joven.
Sin embargo, recordando siempre las proezas heroicas de sus antepasados, un día decidió tomar el camino de la gloria y abandonar el trono y a su joven esposa. "Mis padres conquistaron para su escudo un águila, yo conquistaré un león!" dijo Bruncvík a su mujer.
Resistió a las súplicas de ella y le dio su anillo, quitándole el de ella y añadiendo: "No te fíes de nadie ni de nada hasta que no vuelvas a ver tu anillo con tus propios ojos. Si no lo ves durante siete años, es que ya no estoy con vida." Y Bruncvík escogió los treinta hombres más valientes y partió en busca de aventuras.
El príncipe y sus caballeros recorrieron muchos países. Ni siquiera los peligros del mar le hicieron desistir a Bruncvík de su propósito. Se procuró un navío y zarpó hacia parajes desconocidos. Viento en popa, navegó con su tripulación durante tres meses.
Un día se desencadenó una tremenda tormenta que empujó al navío hacia lo desconocido. Los navegantes se asustaron cuando vieron a lo lejos en la oscuridad un fulgor amarillento y percibieron una fragancia penetrante. Sabían que se trataba de la Montaña de Ámbar, que atraía con su poder a todo lo que apareciese a 50 leguas a la redonda y no lo soltaba jamás.
Así sucedió también con la nave de Bruncvík, y el príncipe con su comitiva se convirtieron en prisioneros de la montaña. Uno tras otro murieron de hambre hasta quedar sólo Bruncvík y un caballero anciano. El viejo, al final, reveló al joven príncipe cómo podía salvarse.
Mandó a Bruncvík meterse con su espada en un saco de piel de caballo, y le colocó en la cima de la Montaña de Ámbar, que era visitada una vez al año por un enorme águila. Y el ave de rapiña llegó volando, y agarrando el saco con Bruncvík, se alejó de la montaña mágica.
El enorme pájaro voló a su nido, arrojó el saco a sus crías y se fue en busca de otra presa. Bruncvík se liberó y mató a los pájaros. Luego escapó del nido y corrió a través de un páramo hasta llegar a un profundo valle. Allí se paró al oír horribles rugidos de combate. Al acercarse, Bruncví
k vio a un león en lucha con un dragón de nueve cabezas.

Tras una breve vacilación, el príncipe decidió ayudar al león, ya que éste era el animal que quería conquistar para su escudo. Desenvainó la espada y atacó al monstruo. El león, al ver a su aliado, descansó mientras un poco y luego, cuando las fuerzas de Bruncvík se mermaron, la fiera saltó al dragón y lo mató.
Bruncvík tenía miedo del león. Éste, no obstante, se acostó a sus pies y cuando el príncipe se puso en camino, el león le siguió. Bruncvík trepó por un roble y se quedó sentado en su copa durante tres días. El león no se fue, fijando su mirada triste entre las ramas. Al final del tercer día, el león entristecido soltó un rugido tan potente que Bruncvík cayó a tierra.
Debilitado por estar sentado tanto tiempo, el príncipe no podía ni caminar. El fiel león cazó un ciervo para que Bruncvík se recuperara. El príncipe entendió que el felino no le iba a hacer daño y se hicieron amigos. Durante tres años vagaron por la selva hasta llegar a la costa del mar.
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Bruncvík construyó un barco y se dispuso a irse sin el león. Pero el fiel animal de un gran salto salvó la distancia entre el barco y la costa y navegaron juntos. Después de un tiempo arribaron a tierra, cerca de un castillo. Cuando entraron, les acogió un rey de cuatro ojos, dos delante y dos detrás de la cabeza. Brunvík quería que el monarca le auydase a regresar a Praga. El rey respondió: "De aquí puedes salir sólo por la puerta de hierro. Pero yo no te la abriré, hasta que no liberes a mi hija raptada por el Basilisco." A Bruncvík no le quedaba otro remedio y con el león se dirigió a la isla adonde vivía el monstruo. Allí descubrió a la hija del rey, enroscada por las serpientes. Para liberarla mató a los guardianes y a la comitiva monstruosa del Basilisco. Al final se enfrentó con el propio monstruo.
La cruel lucha duró un día entero y Bruncvík y su león finalmente dieron muerte al Basilisco. La princesa vendó las heridas del príncipe y tras un necesario descanso, volvieron al castillo del rey. Bruncvík ya esperaba ansioso su partida a Praga, pero el monarca no quiso dejarle marchar, porque la princesa se había enamorado del príncipe y quería casarse con él.
Bruncvík tuvo que contraer matrimonio, pero se puso muy triste y vagó por el castillo, maldiciendo la ingratitud del rey. Un día entró en un sótano y allí, sobre una mesa de piedra, vio una espada antigua. Le gustó el arma y la cambió por la suya. Cuando preguntó a la princesa por la espada, ella se asustó y cerró el sótano. Bruncvík insistió y la joven le explicó:
"Es una espada mágica, si la desenvainas y dices: "Que se caigan las cabezas de mis enemigos!", el poder de la espada te lo cumplirá." Y Bruncvík, que no deseaba ser prisionero del rey para siempre, esperó su oportunidad. Se le ofreció un banquete que presenciaron el rey, la princesa y todos los cortesanos. Bruncvík desenvainó la espada y pronunció la fórmula mágica, y a todos los presentes se les cayó la cabeza decapitada al suelo. El príncipe abrió la puerta de hierro y con su león se encaminó hacia Praga.
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Después de otras proezas heroicas que logró durante el viaje, Bruncvík llegó a Praga, se puso un atuendo de peregrino y con el león entró en su castillo. Llegó precisamente el día de la boda de su esposa, que iba a casarse, ya que pasó siete años sin ver al anillo ni a su marido.
Bruncvík se entristeció, sin embargo, echó el anillo de su esposa en la copa que ella bebía y abandonó el castillo. La mujer descubrió al fondo de la copa su anillo y se alegró mucho. No obstante, el novio con treinta caballeros cabalgó a galope desde el castillo para eliminar a su rival Bruncvík. El príncipe, al verse en peligro mortal, desenvainó la espada y de nuevo las cabezas de sus enemigos cayeron al suelo. Bruncvík reunió a sus fieles y se dirigieron al castillo. A mitad de camino a Praga se encontraron con la comitiva de la esposa de Bruncvík y todos se alegraron mucho. Bruncvík mandó luego que su fiel león fuese pintado en su escudo.
Cuando Bruncvík falleció, el león murió de tristeza pocos días después al pie de la tumba de su amo. La espada mágica de Bruncvík fue, según la leyenda, empotrada en uno de los pilares del Puente de Carlos junto a la estatua que representa al príncipe Bruncvík con el león a sus pies.
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Según la tradición, cuando la tierra checa esté en la crisis más profunda, rodeada por los enemigos, se abrirá la montaña de Blaník y saldrán de ella los caballeros capitaneados por San Venceslao. Su caballo blanco tropezará en el Puente de Carlos y sacará con su casco la espada a la luz. San Venceslao empuñará el arma y exclamará: "Que se caigan las cabezas de todos los enemigos de los checos. Y cuando así suceda, la paz eterna gobernaráen la tierra checa."

miércoles, junio 28, 2006

Cuento de final del mundo

Gloria Maldíta, por José Antonito Fernández
Hace escasos días el Seleccionado Nacional de Fútbol de la República Checa ha quedado eliminado de la competencia más importante con que cuenta ese deporte: El Campeonato Mundial de Fútbol. A manera de homenaje para aquellos que siguieron el torneo y para los jugadores que a pesar de un gran primer encuentro no han podido avanzar en la competición va el siguiente texto.
La República Checa, independiente desde 1993, disputaba este año su primer mundial como estado autónomo. Anteriormente había participado como la vieja Checoslovaquia, desempeñando grandes papeles en el mundial de 1934 y 1962, alcanzando en ambas ocasiones el subcampeonato mundial.
A la final de unos de los mundiales más violentos de la historia, el de 1934, campeonato organizado por la Italia fascista liderada por Benito Mussolini, -para quien el torneo debía servir como demostración al mundo del poderío de su regimen y quien habría de reunirse antes de la final con el entrenador del equipo italiano, a fin de de dejar bien en claro las consecuencias de una derrota-, se refiere este texto.
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El estadio quedó vacío tras el partido, aunque los focos aún iluminaban el césped. Meditabundo, Oldrych Nejedly contemplaba el escenario con las manos en los bolsillos del pantalón, con ese mal sabor de boca que imprime la derrota; para él era aun peor, había fallado una pena máxima en el último suspiro del encuentro. Todos confiaban en él; sin embargo erró el disparo y la luz se convirtió en tinieblas, ése es el precio que tiene pagar el lanzador, que en las botas tiene por un momento la gloria y el fracaso, en un segundo que parece eterno.

Italia, 1934. Llegó con la esperanza de ganar el campeonato, como todos, pero su equipo comenzó a ganarse el respeto de los demás en el primer partido cuando ganaron a Rumanía por 2 goles a 1, marcados por él mismo y por su compañero Puc.
Así comenzó Checoslovaquia su andadura por el mundial de ese año, pero además del poder futbolístico de los azzurri tendrían en contra el poder del Duce. Mussolini, amén de organizar el torneo superando obstáculos burocráticos de forma polémica, quería ganarlo a toda costa, por lo que utilizó todo ese poder.
Mientras tanto el equipo checoslovaco seguía avanzando y se encontraba ya en cuartos de final. Enfrentándose a Suiza y venciendo por 3 goles a 2 pasaron a la siguiente ronda donde les esperaba Alemania. En ese momento pensó Nejedly que el sueño había llegado a su fin, pues era de esperar que los alemanes ganaran el partido, pero su espíritu era fuerte y no se dio por vencido, al igual que sus compañeros, la gran final estaba ahí, a la vuelta de la esquina, el sueño de todo jugador: abrazar la gloria por un momento, escribir una página en la historia.
Nejedly lo sabía, infundió ánimos a su equipo y Alemania sucumbió; tres goles suyos catapultaron a su equipo a la gran final, el momento soñado.
Y llegó el gran día, sólo tenían que salvar un escollo más y el trofeo más preciado sería para ellos, pero se enfrentaban al país anfitrión: Italia. Combi, Alemandi, Bertolini, Meazza, Orsi,... la squadra azzurra.
En el Olímpico de Roma no cabía un alfiler. Mussolini presidía el encuentro como un emperador romano que espera en el Coliseo la salida de los gladiadores para levantar o bajar el pulgar según le plazca.
Mientras, en el vestuario, el seleccionador checo se sube en uno de los bancos y se dirige a los jugadores. Parece que les va a dar las órdenes pertinentes e infundirles ánimo para ganar el encuentro, pero no, se saca un papel del bolsillo y lo lee. Abatidos, algunos lloran, otros se sientan cabizbajos, pero deben salir al terreno y afrontar el partido.
Nejedly mira alrededor cuando salta al terreno, el ruido es ensordecedor, una banda de música se prepara, los equipos se sitúan y suenan los himnos. Cuando suena el de Italia la multitud lo entona al unísono y estalla en un clamor cuando éste acaba.
El partido comienza, los checos no parecen los mismos de encuentros anteriores; Nejedly pierde el balón con facilidad y falla ocasiones inexplicablemente.

A pocos minutos del final, Puc marca para Checoslovaquia pero extrañamente apenas lo celebran, el Olímpico de Roma enmudece, los jugadores se miran unos a otros, se reanuda el juego y en poco tiempo marca Orsi para Italia y poco después Schiavio, en una gran jugada, le da la vuelta al marcador.
Pero a un minuto del final Nejedly se interna en el área y Allemandi le derriba, el árbitro decreta pena máxima. El estadio vuelve a enmudecer. Nejedly coloca el balón en el punto de penalti, mira detenidamente al portero; luego gira la cabeza y contempla la tribuna donde Mussolini aguanta la respiración debajo de su rostro pétreo -en realidad parece que todo el mundo aguanta la respiración-. Vuelve a mirar a la portería, toma carrerilla y lanza: el balón roza el poste izquierdo y sale por la línea de fondo. El Olímpico vuelve a estallar, Mussolini se levanta como un resorte, el árbitro pita el final del partido y todo es un clamor. Italia es campeón del mundo.

Cincuenta años más tarde, Nejedly, sentado en un butacón de su casa el día de Navidad, el día de su cumpleaños, observa el recorte de periódico donde puede verse su foto después del partido mirando hacia la portería donde erró el penalti, cabizbajo, con las manos en los bolsillos. Extrajo un papel semiarrugado del interior de un libro y volvió a leerlo:

«Les recuerdo con esta misiva que si ganan este partido, los jugadores de la selección italiana serán fusilados al amanecer dentro del terreno de juego.

B. Mussolini.»

Ese mismo año el escritor checo Milan Kundera publica su obra La insoportable levedad del ser. En ese libro Nejedly guardaba el papel entre unas páginas donde había subrayado este texto:

«La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes»