sábado, octubre 11, 2014

Ivan Klima: "Los ricos suelen ser gente extraña"

Cuento de la revista virtual Letras Libres (Traducudo por Irena Chytra)
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(http://www.letraslibres.com/revista/convivio/los-ricos-suelen-ser-gente-extrana)
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Hay hombres que aman a las mujeres, otros el alcohol, la naturaleza o el deporte, otros a los niños o al trabajo, hay hombres que aman el dinero. Seguramente el hombre puede amar a más de uno de los anteriores, no obstante da preferencia a algo sobre lo demás.

Siendo suficientemente ambicioso, tiene la esperanza de alcanzar lo que verdaderamente anhela. Alois Burda amó el dinero y sometía a él todo lo demás. Bajo el régimen pasado era administrador de un negocio de venta de automóviles, bajo el nuevo régimen abrió un negocio propio. Bajo el régimen pasado manejó con habilidad ese pequeño número de autos que tenía para la venta. Pronto encontró la manera que le aseguraba el soborno más alto. Después de la revolución, las comisiones por ley le dejaban aproximadamente las mismas ganancias que había tenido antes de la revolución. Alois Burda entonces era un hombre rico, ya en los años setenta se construyó una residencia familiar cuya superficie habitable según las leyes vigentes no alcanzaba ciento veinte metros cuadrados, sino que los superaba tres veces. En la residencia tenía un gimnasio, una piscina techada, tres garajes, y al lado de la residencia una cancha de tenis, aunque él mismo no jugara al tenis. En Suiza tenía una cuenta secreta, y puesto que los bancos suizos son avaros con los intereses, tenía incluso una cuenta secreta más en Alemania. Se divorció sólo una vez, porque se dio cuenta de que el divorcio salía relativamente caro. Con la primera esposa tenía dos hijos, con la segunda tenía una hija. Con los hijos se trataba sólo escasamente. Desde que alcanzaron la mayoría de edad, no se veían más que una vez al año. También la segunda esposa le fastidió pronto, pero manejaba bastante bien el hogar y no le molestaba demasiado, tampoco se preocupaba por cómo él pasaba su tiempo libre.
Ella era deportista, esquiaba y montaba a caballo, jugaba al tenis, al golf y nadaba bien, aunque nada de aquello le interesaba a él en lo más mínimo. De vez en cuando se conseguía una amante con quien dormía, pero por la cual usualmente no sentía nada y de la cual tampoco exigía sentimiento alguno.

     De vez en vez le preguntaba a su hija qué había de nuevo en la escuela, pero al día siguiente olvidaba su respuesta y nunca estaba seguro de qué año cursaba. Así luego terminó la escuela y se casó. Como regalo de boda recibió de su padre un nuevo automóvil, cuyo precio superaba el medio millón de coronas. Ese regalo la sorprendió, casi estaba dispuesta a creer que era un regalo de amor, pero era más bien el regalo de una mala conciencia o de un capricho instantáneo. De todas maneras, una cantidad así no significaba nada para Burda.
     Conocía a mucha gente, todo aquél que fuera su cliente, sin embargo no tenía amigos, a excepción de algunos cómplices con los cuales de vez en cuando tomaba unos tragos o ideaba transacciones comerciales.
     Cuando se acercaba a los sesenta, de repente empezó a sentir fatiga, perdió el apetito y paulatinamente fue adelgazando. Lo atribuía al modo de vida demasiado acelerado que llevaba. Su mujer naturalmente notó la metamorfosis y lo mandó al médico, pero él por principio no obedecía los consejos de su mujer, además temía que el médico le pudiese detectar algún padecimiento más serio. Decidió que iba a descansar más, que iba a darse el lujo de hacer algún viaje al extranjero que no fuese de negocios, también visitó a un famoso curandero que le preparó un té especial y le recomendó comer a diario semillas de calabaza. Sin embargo, nada de esto le ayudó. Burda empezó a sufrir dolores en el estómago, de noche se despertaba sudado, sediento y abatido por una extraña angustia.
     Finalmente decidió ir al médico. Éste pertenecía a sus viejos clientes, ya había curado a su primera esposa. Ahora trataba de aparentar que todo estaba bien, y pasó un rato conversando sobre un nuevo modelo de Honda.
     "¿Es algo serio?", preguntó el vendedor de automóviles.
     "¿Quieres que sea completamente sincero?"
     El vendedor dudó, luego asintió con la cabeza.
     "Tienes que operarte cuanto antes", dijo el médico.
     "¿Y luego?"
     "Ya veremos".
     "¡Ajá!", entendió Burda, "esto me huele a muerte".
     "Todos estamos aquí por sólo un momento", dijo el médico, "pero no debemos perder la esperanza. Cuando te abran, sabremos más".
     Aunque también sabía que alguna vez llegaría el momento en el que aparecería la muerte a su espalda, el vendedor de automóviles se encontraba inesperadamente sorprendido. Pues todavía le quedaban casi diez años para alcanzar la edad promedio de los hombres en nuestro país y además le parecía que la muerte llega con mayor frecuencia en forma de accidentes en la carretera. Y él era un excelente conductor.
     "Tenemos medicamentos cada vez más eficientes", agregó el médico, "así que no pierdas la esperanza". 
     "Con respecto a los medicamentos, me puedo permitir cualquiera, por mucho que cuesten".
     "Ya lo sé", dijo el médico, "pero esto no es cuestión de dinero".
     "¿Es cuestión de qué?"
     El médico encogió los hombros. "De tu resistencia. De la voluntad divina o del destino, como sea que lo llamemos".
     Acordaron la operación para la semana siguiente, hasta entonces tuvo que someterse a todos los exámenes necesarios. 
     Cuando llegó Burda a casa y su mujer le preguntó qué había detectado el médico, contestó con una sola palabra: "Moriré". Luego se fue a su recámara, se sentó en el sillón y pensó en la extrañeza de que quizá pronto no estaría ahí. El hombre siempre le había parecido similar a una máquina, la máquina y el hombre se desgastan tras una larga utilización, pero la máquina se puede mantener en marcha esencialmente por un tiempo ilimitado si se reponen constantemente sus partes. ¿Pero qué sucede con el hombre? Se le hizo cruelmente injusto que las partes humanas no fuesen en su mayoría renovables, mientras que una máquina muerta es en sí eterna, condenando entonces al hombre prematuramente a la destrucción. Luego le inquietó la pregunta: cómo procedería con su propiedad, qué haría con sus cuentas secretas. Cuando muriese, todo lo que tenía le pertenecería a su esposa e hijos. Se le hacía injusto, ya que ninguno de ellos había contribuido en manera alguna a lo que él había ganado. Además, recientemente le había regalado un auto a su hija y sus hijos no le hacían caso. La mujer lo cuidaba, pues le daba dinero con regularidad, hasta le daba dinero para ir a esquiar cada invierno y primavera a los Alpes, seguramente por ahí tuvo amantes, incluso supo de uno, porque accidentalmente encontró una carta en el bolso de su mujer, donde buscaba una cuenta. ¿Por qué ahora su esposa, tan sólo por haberse casado con él, debería recibir, aparte de todas sus propiedades y del dinero de la herencia, también el dinero del cual ni siquiera sospechaba?
     Luego reflexionó acerca de lo que le dijo el médico sobre la esperanza y la voluntad divina. Confiar en la voluntad divina es ciertamente una tontería, igual que confiar en el destino. La voluntad divina es un engaño para los débiles y los pobres, mientras que el destino se comporta según se le pague. Hasta ese momento lo estaba sobornando exitosamente y ahora se resistía a la idea de que repentina e irremediablemente no se saliera con la suya.
     Esa misma tarde se sentó en su Mercedes, tomó su pasaporte y las cosas más necesarias para el viaje y se dirigió a la frontera.
     La cuenta suiza contenía algo más de cien mil francos, en la alemana había más dinero. Solicitó el dinero en efectivo ante el asombro de los cajeros. Regresó con el dinero la siguiente noche, escondió los billetes en una pequeña caja fuerte, cuyo código sólo él sabía. Al día siguiente fue a hacerse los primeros exámenes.
     Cuando se estaba preparando para ingresar al hospital, le surgió la pregunta de qué hacer con el dinero en la caja fuerte. El médico le advirtió que podría permanecer varias semanas en el hospital, es verdad que no mencionó la posibilidad de nunca abandonar el hospital, pero el vendedor de automóviles sabía que ni siquiera ésta se podía descartar. Incluso podría no salir con vida de la sala de operaciones.
     No quería dejar el dinero en su casa, ¿pero llevarlo consigo al hospital? ¿Dónde lo escondería? ¿Qué haría con él en el momento en que estuviera inconsciente en la mesa de operaciones?
     Finalmente decidió dividir los paquetes de cien mil en otros más pequeños, los metió en unas pantuflas viejas con hebillas y las cubrió con calcetines enrollados. Luego, ante su mujer, empacó las pantuflas en una caja, la pegó con cinta adhesiva y le pidió que se la llevase al hospital junto con algunos objetos más como otras pantuflas corrientes, una bolsa de viaje con artículos de tocador, dos números de una revista de automovilismo y el monedero con unos cientos de coronas, cuando se lo pidiese.
     Apartó unos miles de marcos en un sobre para el cirujano. Sin embargo éste, con una explicación poco clara de que era supersticioso y antes de la operación ni quería oír hablar de dinero, rechazó el sobre.
     Cuando abrieron a Burda en la mesa de operaciones se dieron cuenta de que el tumor no sólo había afectado el páncreas sino que también se había ramificado hacia otros órganos; una operación radical parecía ser tan inútil que lo cosieron. Tras dos días en la unidad de terapia intensiva, lo colocaron en la recámara número ocho, la compartían con él nada más dos pacientes. El vecino a la izquierda era un campesino hablador, que se la pasaba contando historias insignificantes de su vida y temía por el destino de su granja, que ahora estaba a cargo de su abandonada mujer. El vecino a la derecha era un silencioso anciano, muriéndose quizá, que oportunamente, sea dormido o en estado de vigilia, despedía chillidos de fiera inarticulados de manera extraña. Aquéllos perturbaban al vendedor de automóviles más que las historias del campesino, que simplemente no escuchaba.
     Los médicos le recetaron muchos medicamentos y además una vez por día una enfermera le traía a su cama un soporte, ponía una botella y luego clavaba una aguja en sus venas, y él podía observar cómo le fluía la sangre o algún líquido incoloro por una manguerilla transparente hasta llegar a su cuerpo. A pesar de ello se sentía cada vez más miserable.
     La mujer le trajo todas las cosas que él había preparado, agregó un ramo de flores y un frasco de conserva de frutas.
     Las flores no le interesaron y había perdido totalmente el apetito. Cuando se fue su mujer, abrió la caja con las pantuflas, quitó los calcetines, divisó el paquete de billetes, volvió a meter los calcetines, cerró la caja y la escondió en la mesa de noche. Todavía podía caminar, pero de todas maneras se levantaba de la cama sólo un poco, se arrastraba a la ventana o al pasillo y en un momento regresaba nuevamente a su lecho metálico. Ahora prefería no abandonar su recámara en lo absoluto. No pensó concretamente en su muerte, pero tampoco pudo dejar de advertir cómo disminuían sus fuerzas. Cuando se le acaben completamente, cerrará sus ojos y ya no será capaz ni de pensar, ni de hablar, menos de actuar. ¿Qué hará con ese dinero?
     Su mujer lo visitaba dos veces por semana, de vez en cuando también aparecía su hija casada, incluso en una ocasión vino el mayor de sus hijos. Cada quien le traía alguna cosa que no le hacía falta, y sin interés la guardaba en su mesa de noche, donde se quedaba hasta que se fuese la visita y pudiese tirarla a la basura.
     Había varias enfermeras que hacían turnos. Una era mayor, las demás apenas pasaban la edad escolar, le parecía que una se asemejaba a la otra y las distinguía solamente según el color de su cabello. Lo trataban con cordialidad profesional, de vez en cuando hacían un intento de bromear o de darle ánimos. Cuando le clavaban la aguja en sus venas, se disculpaban porque le iba a doler un poco. Luego, aparentemente después de sus vacaciones, regresó todavía una enfermera, no era más grande que las demás, pero le llamó la atención su voz, que le recordaba a la remota y casi olvidada voz de su madre en la época de su niñez. La enfermera se llamaba Vera. Notó que siempre que se acercaba a él para ejecutar alguna de las tareas rutinarias, añadía algunas frases. Y sorprendentemente esas frases no traían sólo las usuales palabras de compasión, sino que le comunicaban algo del mundo de afuera, que hoy era un día caluroso, que ya habían florecido los jazmines, que ya estaban madurando las fresas en su balcón. La escuchaba, con frecuencia ni percibía el contenido de lo que comunicaba, percibía sólo el colorido de su voz, su extraño consuelo.
     Una vez, cuando se sentía un poco mejor después de la transfusión, le pidió que se sentara a su lado.
     "Pero señor Burda", se extrañó, "¿qué diría la primera enfermera si me agarrase descansando?" No obstante trajo una silla, se sentó al lado de la silla de él, tomó su mano llena de incontables piquetes, y le acarició el dorso de la mano. 
     "Pues, ¿cómo vive usted, enfermera?", le preguntó.
     "¿Cómo vivo?", se sonrió. "Como todos."
     "¿Vive con sus padres?"
     Asintió. Dijo que tenía una pequeña recámara en un complejo multifamiliar, en su recámara sólo había una cama, una silla, un pequeño librero, también, en un pilar de bambú, macetas con flores de la pasión, fucsias y coronas de Cristo. Le habló largamente de las flores. Las flores nunca le habían interesado, bajo sus nombres no surgía ningún color, ninguna forma, pero percibió la ternura en la voz de aquella mujer, percibió el tacto liviano de sus dedos en el dorso de la mano y notó que sus ojos eran cafés oscuros, aunque su cabello tenía un color claro natural. Prometió que le traería algunas flores de las que cultivaba en su balcón, y se levantó de la silla.
     Al día siguiente realmente le trajo una azucena y nuevamente se sentó junto a él.
     Burda le preguntó si no sufría la escasez de algo importante.
     Ella no entendió el sentido de su pregunta.
     Entonces le preguntó si tenía carro.
     "¿Coche?", se rió de la pregunta.
     "¿Y lo quisiera?"
     "Pues usted los vendía", se dio cuenta. Luego dijo que nunca pensaba que pudiese tener un coche. Vivía sólo con su madre y apenas tenían para comprarse una bolsa de tomates de vez en cuando. El año pasado había plantado unos arbustos en su balcón, pero se pudrieron, y no logró cosechar nada. Le preguntó si le gustaban los tomates. Lo preguntó de la misma manera en que él solía preguntarle a la gente si le gustaba el caviar o si prefería las ostras. Le contestó que sí, aunque no recordaba que los hubiese comido alguna vez con gusto.
     Le quería preguntar si no la deprimía su vida, pero lo invadió un repentino ataque de dolor y la enfermera salió corriendo por la médica, que le aplicó una inyección después de la cual se le enturbió rápidamente la razón.
     Cuando volvió levemente en sí en la noche, primero se dio cuenta con una urgencia absoluta de la realidad de que en unos días probablemente moriría. No obstante encendió la pequeña lámpara encima de su cama, se inclinó sobre la mesa y sacó la caja con las pantuflas. Detrás de los calcetines arrugados permanecía la fortuna, con la cual se podrían comprar vagones enteros de tomates.
     Puso todo en su estado anterior y regresó la caja a la mesa; la riqueza, que lo llenaba generalmente de satisfacción, se hacía de repente una carga.
     ¿Debería de heredarla a algún organismo de caridad? ¿O a este hospital? ¿Regalarla a los médicos, que de todas maneras no podían ayudarle? ¿A su mujer para que pudiese pagar a amantes aún más exigentes o ir a esquiar hasta por allá de las montañas Rocallosas?
     Luego se le apareció de repente la cara de aquella enfermera y escuchó la voz que se asemejaba a la de su madre. Tenía curiosidad de saber si mañana iba a estar de turno, y se dio cuenta de que deseaba que estuviese.
     Al día siguiente efectivamente vino y le trajo un tomate. Era grande, duro y tenía el color de la sangre fresca.
     Le dio las gracias. Lo mordió y le dio varias vueltas en su boca, pero no logró tragarlo, sintió que lo vomitaría.
     La enfermera colocó el soporte a su cama, puso la botella y anunció: "Le vamos a alimentar un poco, señor Burda, si no se nos debilitaría mucho."
     Asintió con la cabeza.
     "¿Viene a verlo su familia?", preguntó la enfermera.
     Debería contestar que no tiene familia, que tiene sólo una mujer y tres hijos, pero en lugar de eso contestó que desde hace mucho nadie lo visitaba.
     "Ellos vendrán", dijo la enfermera, "y enseguida se sentirá más alegre."
     Cerró los ojos.
     Ella tocó su frente con los dedos. "Ya fluye", dijo. "Dios puede hacer un milagro, sanar al enfermo igual que perdonar al pecador. Y recibir a cada quien con amor."
     "¿Por qué?", preguntó, refiriéndose a por qué se lo estaba diciendo, pero ella no entendió. "Porque Dios es el amor mismo."
     Aunque le daban medicamentos fuertes, no lograba conciliar el sueño en la noche. Pensó en aquella extraña realidad, que el mundo continuaría, saldría el sol, correrían los coches, serían inventados nuevos modelos de coches, se venderían en el negocio que su mujer seguramente venderá, se construirían nuevas autopistas y puentes, se abriría el túnel debajo del Petrín, pero él no se enteraría de nada de aquello. Esa realidad tenía una mano helada con la que le apretaba el cuello. Trató de escapar de ella, buscar la ayuda de alguien, pero no tenía con quién refugiarse. Luego se le apareció la cara de la enfermera que se sentó junto a su cama y le dijo que Dios puede recibir a cualquiera con amor. Dios lo logra, mientras que él nunca lo ha logrado. Es que si existiera un dios, si existiera, debería reinar en el mundo por lo menos un poco de amor. Trató de recordar a quién y cuándo había amado, y quién y cuándo lo había amado a él, pero aparte de su mamá, que había estado muerta desde hacía tres décadas, no recordaba a nadie. Mañana le preguntará a aquella enfermera dónde nació su fe en Dios o siquiera en el amor. Finalmente logró dormirse. Al despertarse en mitad de la noche, se le ocurrió algo sin sentido. Le regalaría el dinero a esa enfermera. Por lo que le dijo de Dios y del amor. Por acariciarle la frente, aunque sabe que él morirá. Lo sabe igual que lo saben los demás, pero aquellos no le acariciaron la frente.
     Luego se imaginaba qué diría ella de recibir una fortuna inesperada. ¿Lo aceptaría? La experiencia le decía que la gente nunca rechaza el dinero. Aparentan resistirse, pero finalmente sucumben. Por supuesto que no le puede meter en el bolsillo unos millones; le pedirá que llame al notario, le dictará su última voluntad y le heredará el dinero. ¿Qué hará ella con él? Ni sabe si tiene un amante o si vive sola.
     Al día siguiente, en lugar de indagar sobre su fe, le preguntó si vivía sólo con su madre o si salía con alguien. 
     Sorprendida, levantó su mirada, pero no le contestó. Su novio se llama Martín, es violinista, ayer fueron juntos al concierto, presentaron el concierto en re menor de Beethoven. ¿Lo conoce? ¿Le gusta?
     No conocía a Beethoven, aunque debió haber escuchado ese nombre alguna vez. No le alcanzaba el tiempo para la música, aunque en la tienda comúnmente tocaban alguna música. Pero eran canciones de moda.
     También le dijo que se iba a casar con Martín en otoño. "¿Irá a mi boda?", le preguntó.
     "Si me invita".
     Al día siguiente la enfermera Vera tenía un día libre y él entonces pudo reflexionar si había considerado todo bien y si su decisión no era demasiado precipitada. ¿Qué pasaría si sanara por fin, cuando Dios hiciera aquel milagro o algún medicamento que le introdujeran en las venas le regresara la fuerza? ¿Por qué otra razón lo estaría invitando la enfermera a su boda? Con un moribundo no estaría bromeando así.
     También la cantidad era desproporcionadamente alta, al final con su regalo la pondría en sospecha de un acto deshonesto. Pero le podría regalar por lo menos una parte de ese dinero, por lo menos un pequeño paquete de billetes de mil francos.
     Al día siguiente empeoró, pero percibió la proximidad de la enfermera Vera, que puso para él una flor fresca en la botella con agua, acercó el soporte y pinchó con la aguja una vena en su pierna izquierda.
     "Se lo compensaré", dijo él con una voz silenciosa.
     "Me lo compensará al sentirse mejor", dijo. Luego abrió la ventana y preguntó. "¿Lo siente? Ya están floreciendo los tilos".
     No sintió nada, sólo un gran cansancio. Debería decirle que llamase a un notario, pero en ese momento se le hizo que toda la idea era una tontería, simplemente tendría que introducirle en el bolsillo de la bata unos billetes. Hasta eso significaría para ella una gran fortuna.
     La enfermera le acarició la frente y salió de la recámara.
     La siguiente noche Alois Burda murió. Era justo el turno de la enfermera Vera y algunos momentos antes de que él respirase por última vez, se sentó junto a él y le sostuvo la mano, pero el moribundo seguramente ya no supo de ello.
     Luego asignaron a la enfermera para sacar todas las cosas de la mesa del muerto y hacer una lista detallada. La enfermera lo hizo. La lista tenía dieciocho artículos, el número once decía: Un par de pantuflas con hebillas con un par de calcetines adentro. Le sorprendió a la enfermera que las pantuflas parecieran demasiado pesadas, y se le ocurrió que podría sacar los calcetines, ponerlos aparte y fijarse adentro de las pantuflas, pero no lo hizo, ya que se agregaría un artículo más; encontró inútil hurgar de cualquier manera en las cosas que aparentemente nadie nunca usaría.
     Cuando llegó la mujer de Burda al hospital para levantar el acta de defunción, le entregaron la bolsa con las cosas del difunto y la lista de lo que estaba en la bolsa. La mujer le echó una ojeada a la lista de los objetos. En los últimos años le asqueaba su esposo, así que un par de sus miserables cosas le asqueaba aún más. El monedero con trescientas coronas se lo entregaron aparte. Tomó el saco con las cosas y lo guardó en el maletero de su coche. Cuando salía del hospital, notó que cerca de allí había un tiradero improvisado. Se detuvo mirando bien a su alrededor, luego abrió la cajuela y tiró la bolsa.
     Aquella noche la enfermera Vera tuvo una cita con su violinista. "Aquel Burda, el que dormía en la ocho, murió", le anunció; "dicen que era tremendamente rico, uno de los hombres más ricos en Praga."
     "¿Y te dio algo?", le preguntó.
     "No", dijo ella, "traía en su monedero sólo trescientas coronas."
     "Los ricos suelen ser gente extraña", dijo él, "¿quién lo heredará todo?"
     "Sabrá Dios", dijo ella, "él quizá ni siquiera tenía a alguien. No vino nadie que por lo menos le tomase la mano en aquel momento." -
  

martes, septiembre 23, 2014

Mateo - R.U.R.: I y II

Tecnología y producción en masa en el teatro de principios del Siglo XX
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I- La impronta del Ford T (Una génesis común).

               Con apenas dos años de diferencia, desde dos lugares periféricos del mundo, y dos ciudades en plena transformación, que se verán involucradas en los procesos culturales de occidente, dos obras de teatro saldrán a la luz enlazadas (principalmente) por la aparición (e invasión) de la tecnología y la producción de masas, que amenazaba con poner al hombre a un costado del mundo.
               En un mismo acontecimiento histórico, el que significará la aparición del Ford T, unos años antes de los estrenos de las obras, en 1908, podríamos observar la aparición de esas dos cuestiones centrales que encausarán la trama de las obras: la producción en masa, con su abaratamiento de costos y producción constante, en R.U.R., (Karel Capek, 1921); la introducción del automóvil como medio de transporte en las ciudades en el caso de Mateo (Armando Discepolo, 1923).
               En ese doble movimiento que genera la aparición del Ford T es desde donde arrancaremos, para ubicar una común génesis de las obras.
               El tópico señalado ocasionará en la trama de ambas obras (en un presagio bastante certero) el desplazamiento del hombre por la máquina. Aunque este no sea necesariamente, el único lazo que las emparente. El uso del humor, la transformación del lenguaje, el ocaso optimista, también serán elementos comunes entre ellas.

II- El lugar desde donde se escribe. Y el acto de nombrar.

               La omnipresencia de la ciudad de Buenos Aires en la pieza de Discepolo (desde la descripción del conventillo, hasta la enumeración de las calles, en esa fuga desesperada de Miguel, descripta en el último cuadro) hace innecesaria una explicación extensa del modo en que la ciudad atraviesa la obra. Sin embargo será interesante recordar algunas de las características que se repetirán en la ciudad de Praga y que, sin duda, ayudarán a entender el paralelismo existente entre las obras.


               Buenos Aires, para el momento en que Mateo es estrenada, ya había sufrido, en concordancia al proyecto liberal de país sostenido por la generación del `37, (que soñaba con una inmigración nórdica europea para la población de los extensos territorios de la pampa y la patagonia y concluyó con la concentración de europeos mediterráneos y peninsulares en la ciudad de Buenos Aires)[1], el primer aluvión inmigratorio. En 1880, la población de 85.000 habitantes que había en 1852, pasó a ser de 1.224.000 para 1909. De esa cifra un 42,7%, casi la mitad, pertenecía al cúmulo de inmigrante, compuesto en su mayoría por italianos y españoles, pero también por judíos, turcos, y vascos, entre otros.[2]                     

               En Praga, en tanto, para el estreno de R.U.R., las culturas checa, judía y alemana (sin contar otras etnias menores) se tensaban en una ciudad multicultural:


               En los albores del siglo XX, residían en Praga cuatrocientos quince mil checos, diez mil alemanes y veinticinco mil judíos, de los cuales catorce mil se expresaban corrientemente en checo y once mil en alemán. La minoría alemana, judíos y no judíos, pertenecían en su mayoría a una burguesía acomodada.[3]
              
               (…). En realidad, la mayoría de los habitantes de Praga, sobre todo los de círculos comerciales, hablan checo y alemán. El alemán también se entiende en hostales, restaurantes y grandes tiendas; cocheros, criadas y botones comprenden en general el alemán sólo lo justo para emplearlo en su relación con sus clientes extranjeros.[4]
              
               Lo paradójico, en este vínculo entre Praga y Buenos Aires, será que en la ciudad checa, inversamente a lo que sucediera en Argentina, el grupo local (es decir, los checos) constituirán los sectores proletarios, rol que en la Buenos Aires de Mateo cumplirán los inmigrantes.[5]
           El resultado de esta heterogeneidad cultural será, tanto en una como en otra ciudad, la convivencia de dos o más lenguas en un mismo lugar geográfico. Evidenciada en la propia escritura del Mateo, la conformación del cocoliche, esa mezcla de dialectos italianos con el español local, marcará fuertemente la construcción de la obra.  

               A pesar de las rivalidades que separaban a los inmigrantes entre sí (italianos y españoles) o a inmigrantes y criollos, la convivencia estrecha del conventillo y las miserias compartidas, disolvieron el aislamiento social.
               La lengua sufrió profundos cambios. Cada grupo étnico, urgido por la necesidad de comunicarse, se lanzó a hablar una media lengua mezcla de su idioma vernáculo y castellano, que convirtió a la ciudad en una segunda Babel. Este pandemónium lingüístico se convirtió en fuente inagotable de comicidad del teatro de la época.[6]


               En R.U.R. la convivencia de lenguas no se marcará en la propia escritura, como el caso anterior, pero sí en la flexibilidad del lenguaje, a través de los nombres de cada personaje (que se encontrarán íntimamente vinculados a ellos, a través de su oficio o su carácter) y, especialmente, a través de su propio título, que descubrirá para siempre una de las palabras más universales y repetidas del siglo XX y XXI.
              
               Estas singulares circunstancias lingüísticas fueron la expresión específica del cosmopolitismo praguense: “La lengua checa –escribe Ripellino-, soportaba un hormigueo de locuciones alemanas y, por otra parte, a pesar de las muecas desaprobatorias de los charlatanes puristas, resultará siempre más válida la frase del poeta Frantisek Gellner: `A menudo, un buen germanismo es hoy más checo que una frase antigua´. A su vez, en el Prager Deutch, ´papierenes Buchdeutch´, abundaban los bohemismos. Existían, también, un Kleinseitner Deutsch (alemán de la Kleinseite, es decir de la Mala Strana) sobre el que Kisch hilvanó divertidísimas páginas, y un checo-alemán macarrónico y muy torpe de Pavlác y de cocina, y una variante praguense del yiddish, el Mauscheldeutsch.” [7]


               La experimentación de la lengua, entonces, se encontrará impulsada por las propias transformaciones cotidianas que las lenguas maternas de ambos autores vienen desde hace años sufriendo, y si bien reflejadas de distintas maneras en cada obra, esa experimentación estará presente, siendo consecuencia, tal como lo hemos visto del común multilingüismo y cosmopolitismo que sus ciudades presentaban.
               Por demás ambos títulos trascenderán las propias obras, para pasar de ser, meros títulos literarios, a palabras a través de los cuales se denominan objetos. Y si partir de la obra con el término “Mateo” se comenzará a designar a los carros tirados a caballo en la Argentina. La palabra “Robot” se universalizará irrefrenablemente, incorporándose, prácticamente a todos los diccionarios de occidente, para señalar la inteligencia artificial de apariencia humana.




[1] “Cerca de de la mitad de los inmigrantes permaneció en Buenos Aires. No precisamente porque lo desearan así, como muchas veces se ha expresado. (…). Entre 1880 y 1890habían entrado al país de 100.000 a 200.000 extranjeros por año, que supuestamente iban a ser absorbidos por el agro, pero la estructura rural argentina no lo permitió. (…). Sin tierras para explotar y sin instrumentos de labranza para cultivarlas (…) debieron permanecer en la ciudades, Buenos Aires y Rosario, sobre todo”. Pelletieri, Osvaldo: Testimonios culturales argentinos. La década del 10. Pág. 6. Ediciones Belgrano, Buenos Aires. 1980.  
[2]  Datos extraídos de El grotesco criollo: Discéplo-Cossa. Pág 20. En introducción a cargo de la Prof. Irene Pérez. Ediciones Colihue, Buenos Aires. 2007.  
[3] Runfola, Patrizia: Praga en tiempos de Kafka. Pág. 17. Editorial Bruguera, Barcelona. 2006.
[4] Griebens Reiseführer Prag (Guía de Praga), 1911. Citado en Sallfellner, Harald: Franz Kafka y Praga. Pág. 9. Editorial Vitalis, 1999.
[5] “La mayoría de los checos pertenecía a un proletariado humilde, del que provenían las bondadosas niñeras que criaban a los párvulos de las familias alemanas pudiente”. Runfola, Patrizia: Op. Cit. Pág. 18.
[6] El grotesco criollo: Discéplo-Cossa. Pág 21. En introducción a cargo de la Prof. Irene Pérez. Ediciones Colihue, Buenos Aires. 2007
[7] Runfola, Patrizia: Op. Cit. Pág. 20.

miércoles, septiembre 17, 2014

La importancia del vínculo

Apoyada en dos reflexiones de Tomas G. Masaryk*
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Vemos el estado del mundo y nos resulta difícil enorgullecernos. Los daños causados por el hombre al planeta, a los animales, a los bosques, a sí mismo, saltan por doquier para dejar en evidencia que hay algo que está torcido, hay algo que debemos de estar entendiendo mal.
Michael Ende afirma que entre fines del Siglo XIX, algo se rompió para siempre: 

Todo cambió con el comienzo de la modernidad. Por aquellos tiempos, el moderno intelectualismo empezó a desbancar en todos los campos a la vieja espiritualidad de Europa. En sus distintas manifestaciones -las ciencias «objetivas» de la naturaleza, con su posterior aditamento de técnica de industria por un lado, y unas ciencias del espíritu y una teología que se diluyen cada vez más para transformarse en secas abstracciones, por otro- extirpó con fogoso celo los últimos restos de las imágenes antropomórficas, o sea, afines al hombre, que aún existían del universo. En el siglo XIX su triunfo fue total: la imagen del mundo se había vuelto literalmente inhumana

A partir de esa imagen se crea un problema radical en el hombre, pues ¿cómo puede alcanzar la felicidad alguien que vive en un mundo que ya no tiene absolutamente nada que ver con él? ¿Cómo sentirnos esenciales, trascendentes, en un mundo en el cual tenemos fecha de vencimiento (nosotros como individuos, pero también como especie) sabiendo que no quedara luego de nosotros ni de nadie memoria alguna? Nos cuesta sentirnos satisfechos y realizados cuando vivimos convencidos de que a todo aquello que nos rodea y nos contempla (las estrellas, el sol, los mares) (y nos sobrevivirá) les somos indiferentes. Despertados (sin que se nos haya consultado nunca, sin nuestra opinión) en un mundo ajeno, impuesto, lleno de maldad, horrores y muerte ¿Dónde encontrar la belleza en un mundo cuyo fin es la podredumbre y la frialdad última? Nuestras acciones se vuelcan en una desesperada búsqueda de los placeres y las satisfacciones que consigan hundirnos profundamente en el aquí y ahora, para que de esa manera, sumergidos en el presente, podamos perder de vista, aunque sea por unos instantes, la concepción que tenemos del mundo. (Y de ese futuro, en el que nos aguarda una muerte que terminará con la historia). Sin que haya barrera alguna que debamos respetar, pues el mundo ha dejado de tener con nosotros cualquier tipo de vínculo sagrado, para convertirse simplemente en el lugar del cual abastecernos.
Seguramente no haya cultura, desde el principio de los tiempos, en la que el hombre, en las medidas de sus posibilidades, no haya intentado adornar, decorar, apropiarse de los lugares en los que ha residido (no importa si se tratase de la más ampulosa casa, o de la más humilde de las habitaciones). Arreglamos nuestros hogares de manera que nos reflejen e identifiquen, para intentar que nos devuelvan, al fin de cada jornada, una imagen reconfortante de lo que somos y en lo que creemos. En la personalidad de Masaryk parecería manifestarse una idea acorde a la necesidad de que, tal como lo hacemos con los espacios físicos, también volquemos sobre el mundo un mecanismo que nos permita vincularnos con el universo de una manera íntima y personal, otorgándole a este una imagen que también nos reconforte y nos recuerde a nosotros mismos. Esa imagen, sin embargo, no puede estar desligada a la razón, porque entonces dejaría de ser convincente, ni debe dejar de ser íntima, ya que lo contrario (aceptar una religión dogmática) equivaldría a aceptar la existencia de dos individuos que buscasen la devolución de una misma e idéntica imagen. Es decir la existencia de dos personas completamente iguales. Únicamente, agregaremos aquí, ante la idea de un universo del que nos sintamos participes, y al que observemos como propio, con cada uno de sus mundos, sus planetas (el nuestro sobre todo) y los seres que allí habitan; únicamente cuando nos demos cuenta de que somos participes de la construcción de lo que nos rodea aun cuando no queramos, desde el momento en que nos es inevitable darle un sentido y una interpretación a la realidad, es que conseguiremos, quizá, tratar al mundo y a los otros, como quisiéramos que nosotros mismos fuéramos tratados.  

"Quisiera ver a la juventud -decía Masaryk- no aceptar nada a ciegas, estudiar y formarse un juicio independiente". Y de esta manera Masaryk orientaba y formaba la juventud checa en un espíritu nuevo, moderno, europeo, en franca oposición con el espíritu que entonces predominaba en Praga. 
Desde el punto de vista religioso, Masaryk manifestó desde el principio muy claramente su profunda religiosidad, aunque libre de religiones dogmáticas. 
Masaryk combatió siempre el ateísmo del hombre moderno, lo mismo que el abuso de la religión por las iglesias, y ha insistido sobre la necesidad individual y social de una religión, como la fuerza moral esencial que nos conduzca a una nueva vida, a una apreciación más alta de ella, y que nos permita resolver el problema central de la existencia humana, que es el problema de la Eternidad.
En uno de sus discursos pronunciados en el Parlamento de Viena, Masaryk confesó que, en su vida, no había sido ni un solo momento incrédulo; que cree en Dios, que cree en la inmortalidad del alma y que reza el Padrenuestro.
Por otra parte, considera la religión como un hecho personal adquirido por una fe razonada y por una convicción de cada individuo normal y armónico.
(...)
Además, la religión que es adquirida por la convicción y que nos pone frente al problema de la Eternidad, nos conduce a conservar y perfeccionar nuestra alma inmortal en la vida presente, llevándonos también a amar el alma inmortal del prójimo. 
(...)
No es preciso creer en Dios -dice Masaryk-; es necesario formar y reconocer nuestras relaciones con Dios y con el mundo; es preciso vivir bajo el aspecto de la vida eterna y es preciso en este mundo cumplir la voluntad de Dios y ejecutar con plena conciencia el deber que se impone a cada individuo y a cada nación por la Providencia."

Vlastimil Kybal, autor de los párrafos citados, cierra afirmando que Masaryk por sus ideas y su propio ejemplo (...) despertó el espíritu religioso y moral, y excitó a la nueva generación a formarse una concepción de vida seria, libre a la vez del escepticismo frívolo y de la credulidad mecánica. 

En efecto, no hay una credulidad más mecánica que la de aceptar una fe y una ética que no nos pertenecen porque se nos imponen y no hemos construido; ni un escepticismo más frívolo que aquel que insiste en aplicar a la existencia humana un mecanismo racional (el científico) que es incapaz de probar la existencia de todo lo que se encuentra por fuera de sí mismo (ni la del amor, ni la de la esperanza, ni de la Dios. Ni siquiera la de nuestro propia -y no por ello para nosotros menos cierta- existencia y realidad).    


*Difícilmente exista a lo largo del siglo XX una personalidad checa más destacada que la de Tomas G. Masaryk, ideólogo y padre fundador de la República Checoslovaca. Aún así, y a modo de guía para desprevenidos lectores, una breve reseña de su figura puede encontrarse en la entrada de la omnisciente wikipedia (aquí) y una algo más extensa, realizada por Radio Praga, (acá).


jueves, septiembre 04, 2014

La fiesta de la insignificancia (Última novela de Kundera)

Alain medita sobre el diálogo.
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Era el mes de junio, el sol asomaba entre las nubes y Alain pasaba lentamente por una calle de Paris. Observaba a las jovencitas que, todas ellas, enseñaban el ombligo entre el borde del pantalón de cintura baja y la camiseta muy corta. Estaba arrobado; arrobado e incluso trastornado: como si el poder de seducción de las jovencitas ya no se concentrara en sus muslos, ni en sus nalgas, ni en sus pechos, sino en ese hoyito redondo situado en mitad de su cuerpo.
Eso le incitó a reflexionar: si un hombre (o una época) ve el centro de seducción en los muslos, ¿cómo describir y definir la particularidad de semejante orientación erótica? Improvisó una respuesta: la longitud de los muslos es la imagen metafórica del camino, largo y fascinante (por eso los muslos deben ser largos), que conduce hacia la consumación erótica; en efecto, se dijo Alain, incluso en pleno coito, la longitud de los muslos brinda a la mujer la magia romántica de lo inaccesible.
Si un hombre (o una época) ve el centro de seducción femenina en las nalgas, ¿cómo descubrir y definir la particularidad de esa orientación erótica? Improvisó una respuesta: brutalidad, gozo; el camino más corto hacia la meta; meta tanto más excitable por ser doble. 
Si un hombre (o una época) ve el centro de seducción femenina en los pechos, ¿cómo descubrir y definir la particularidad de esa orientación erótica? Improvisó una respuesta: santificación de la mujer; la Virgen María amamantando a Jesús; el sexo masculino arrodillado ante la noble misión del sexo femenino. 
Pero ¿cómo definir el erotismo de un hombre (o de una época) que ve la seducción femenina en mitad del cuerpo, en el ombligo?
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sábado, marzo 08, 2014

Arnost Lustig. 1 de 3.

Sueños impúdicos y presentación.

Hace algunos años (allá por el 2010, si mal no recuerdo) Arnot Lustig (1926-2011) estuvo de visita en Buenos Aires participando de un encuentro -una serie de conferencias y otras actividades- organizado conjuntamente por el (hoy extinto) Centro Checo de Buenos Aires y la Fundación Jorge Luis Borges, entre otros. En la conferencia que tuvo a su cargo habló de la experiencia del nazismo, los campos de concentración, el exilio, y lo que significaba hacer literatura con una carga semejante. Fue en esa conferencia, que luego de los aplausos me acerqué con mi maltrecho ejemplar de Sueños impúdicos y le solicité (traductor mediante) que, amablemente, me lo firmará. Mi torpeza para el aprendizaje de idiomas impidió que cruzáramos demasiadas palabras, pero bastó su sorpresa infantil y radiante alegría al observar (quizás después de muchísimo tiempo, tal vez por primera vez) un título suyo en español -el único en la sala- para guardar de él un hermoso recuerdo, impregnado de una vitalidad desbordante que de ninguna manera insinuaba su delicado estado de salud. 

Lustig había nacido Praga y en 1942 fue transportado al campo de concentración de Theresienstadt, de donde sería trasladado al horror de Auschwitz y posteriormente a Buchenwald, último campo de concentración en el que estuvo gracias al descarrilamiento del tren que lo conducía a un nuevo campo, que permitiría su huida.  
En 1945 regresó a Praga y participó del levantamiento contra los nazis. En 1968 protestó contra la invasión soviética y, como tantos otros intelectuales checos, se vio forzado a abandonar el país, residiendo primero en Isarel, un tiempo en Yugoslavia, y finalmente en Estados Unidos, donde permanecería enseñando cine y literatura hasta 1989, fecha de la caída del muro, cuando comenzara a dividir su tiempo entre Washington y Praga hasta 2003, año de su retiro de la American University de Washington y de su definitivo y permanente regreso a la ciudad que lo había visto nacer.
Además de su producción literaria, escribió guiones de cine, trabajó como redactor y periodista. Sueños impúdicos (Seix Barral, Barcelona, 1990, traducida del inglés) Ojos verdes (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2006) y Una oración por Kateřina Horovitzová (Impedimenta, Madrid, 2012) son hasta ahora sus únicos libros traducidos al español. 
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Sueños impúdicos reúne tres relatos distintos enlazados por el espacio que ocupan (la ciudad de Praga), el tiempo en que transcurren (los últimos días de la guerra, en 1945), la omnisciente soledad (presente en cada personaje, pero también en la ciudad que los hospeda), y la presencia del invasor alemán, en una exploración que, lejos de juzgar cabalmente, expone los vínculos, relaciones, temores y anhelos, tanto de ocupados como de ocupantes.
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El primer relato, “Día triste”, es un relato de culpa, soledad y muerte.

En él una prostituta alemana (Ingi Lenge) recibe y aloja a un oficial nazi que busca refugiarse de las revanchistas manos checas, quienes, apoyadas en las fuerzas aliadas, recuperan tramo a tramo la ciudad.

El temor del joven oficial por ser descubierto y atrapado se aloja en el polo opuesto de la indiferencia que su anfitriona, marcada por el desprestigio y la soledad, ostenta. Y mientras en él ella no vea más que la llegada de quien de improvisto pueda darle refugio y consuelo; para áquel ella no representará más que la posibilidad de una huida que le permita escapar de una ciudad que lo tuvo como amo y que ahora lo acorrala. 
Así, cada personaje, representa para el otro, cada uno a su manera, la última puerta de escape ante una realidad que los condena. 
“Día triste” irá recorriendo, alternativamente, los planes y pensamiento de Ingi Lenge y del joven oficial, en esos escasos días que convivan, encerrados en el apartamento de la mujer (el único lugar todavía seguro para un alemán en Praga). Subrayando los encuentros y desencuentros que entre ambos se produzcan y que nunca llegarán a acortar una distancia irreparable.
Quizás la clave del relato sea no solo la oprimente soledad que ambienta la narración, sino, sobre todo, la forma en la que son presentados sus protagonistas: Dos figuras aisladas, luchando por su destino, víctimas de una realidad que los acorrala (y casi nunca victimarios: no recae desde la narración prácticamente juicio moral sobre ellos, no hay marcas de sus culpas o sus crímenes, no hay condena -salvo en el final y nada se explica de esa condena) a enfrentarse a fuerzas superiores sin otras armas que su mera humanidad. En el encierro que une a ambos personajes sobrevolará una y otra vez el asedio que les toca soportar a cada uno: A él, los estrépitos de los tiros triunfantes de la metralletas checas; a ella, el fantasma de la vieja judía, antigua y legítima propietaria del apartamento que le ha sido concedido, insistente en el recuerdo del momento en que la viera abandonar la propiedad arrastrando los pies, con el cuerpo encorvado, victima de la tuberculosis tanto como de la atrocidad del nazismo.

sábado, noviembre 09, 2013

Tríptico de Havel. 3.

Después de Kafka y Hasek, por Martin Esslin

El Divadlo na Zabradli (El Teatro de la Tribuna) es uno de los centros de vanguardia de la Europa de hoy: es una salita improvisada en una vieja alcaldía del corazón de la vieja ciudad de Praga. El teatro tiene una capacidad de apenas 200 espectadores, y el escenario es pequeñísimo. Aquí constituyó Ladislao Fialka, en 1958, su compañía de mimo hoy famosa en todo el mundo; en 1959, críticos, directores, teóricos del teatro y el traductor de Brecht, Ian Grossman, se unieron en torno a este teatro como impulsores de un verdadero teatro dramático. En 1960 Vaclav Havel, un joven que entonces apenas había cumplido 24 años, ayuda a Grossman en calidad de dramaturgo y potencial autor dramático. De esta manera se creó uno de los equipos más notables que operan actualmente en el campo del arte dramático en Europa; Grossman, alto, de mediana edad, severo, y al menos aparentemente cargado de preocupaciones; Havel, que tiene ahora 30 años parece no tener más de diecinueve, bajito y de aspecto angelical, regordete y jovial. En torno a estos dos personajes se reunió un grupo de actores, escenógrafos, fotógrafos y músicos entusiastas particularmente dotados. Y un público igualmente entusiasta. 
La apariencia de brillante alegría de Havel es ilusoria: innegablemente, sus comedias son divertidas, pero contiene un poso de pesimismo y desesperación. Se componen de una mezcla de sátira política, imágenes absurdas de situaciones humanas, parábolas filosóficas y sarcásticas, humor negro. Kafka y Hasek, que difícilmente pueden dejarse de tener en cuenta en Praga, están siempre presente en sus comedias, como dos almas gemelas protectoras.
Lo que Kafka trataba de describir era la angustia metafísica del hombre frente al misterio de la existencia: la incapacidad del hombre de saber de dónde viene, a dónde va y qué tipo de misión le ha sido encomendada. Para Kafka se trata no del peso de la culpa del creyente que ha pecado contra normas éticas claramente definibles, sino de un peso mucho más terrible: la absurda consciencia de haber pecado contra la ley ignorada, con el añadido de la sensación de que la simple presencia del hombre sobre la tierra, su sola existencia, ya constituye un pecado original. Muchos otros escritores han intentado definir el eterno dilema; Kafka encontró en la particular atmósfera de Praga el ambiente ideal para expresarlo. La antigua y mística ciudad, con sus calles tortuosas y sus leyendas fantásticas de un emperador alquimista y del viejo rabino que creó un hombre, el Golem, de un puñado de barro; Praga, que ha sido casi siempre sede de una burocracia compacta gobernadora de una población oprimida, incapaz de comprender el fin y significado de las leyes  ordenamiento que debía obedecer. Con estos elementos Kafka construyó una imagen de la angustia humana frente a los misteriios de la existencia, una imagen que era al mismo tiempo visionaria y concreta, fantástica y real. La temática de Kafka es universal; su lenguaje, simbólico, se lo prestó Praga, su atmósfera y su historia.
El soldado Svejk de Hasek, es a la vez localista y universal. También en ella encontramos la reacción de los checos ante la estúpida e incomprensible violencia ejercida por una jerarquía ignorante y tozuda; ante la idiotez de sus opresores Svejk reacciona tomando sus órdenes al pie de la letra y con la máxima seriedad, y siguiéndolas hasta el final en sus más mínimos detalles. 
Vive, a la manera de los héroes torturados y atormentados de Kafka, en un mundo que es absurdo, y a cuya absurdidad trata de poner fin llevándola al extremo, hasta sus límites, hasta el punto en que la misma absurdidad se ve compelida a desplomarse por colapso. En alguna parte en lo profundo de su alma, alberga en efecto la débil esperanza de que este derrumbamiento deje lugar a un pensamiento más racional. 
La esperanza de Svejk nunca se hizo realidad: El Impero austro-hungaro se derrumbó, pero después de un breve respiro, en condiciones de existencia relativamente tolerables, el poder volvió de nuevo a las manos aún más vergonzosas, si cabe, de Heidrich y Hitler, y después a las del estalinismo. Ante este sucederse de situaciones cada vez más absurdas, la reacción popular de los checos se hizo más obstinada, más amarga y más sufrida que la de Svejk. En las obras de Havel esta actitud es más claramente perceptible: en un mundo violento y absurdo, dirige su naturaleza hacia una lógica que sólo en apariencia es absurda, montando una maquinaria de brutal y, sin embargo, lógica absurdidad. 
En Fiesta en el jardín se admite la lógica del siguiente dilema: un gobierno que pide al "Ministerio de Inauguraciones" que liquide al "Ministerio de Liquidaciones", no puede liquidar al "Ministerio de Liquidaciones" desde el momento en que sólo el "Ministerio de Liquidaciones" puede proceder a la liquidación del "Ministerio de Liquidaciones", y por tanto para poder liquidar al "Ministerio de Liquidaciones" debe no liquidar el "Ministerio de Liquidaciones". Incluso en Memorandum encontramos un dilema idéntico: la orden de liquidar una nueva lengua oficial, redactada en esa nueva lengua, no puede ser realizada correctamente desde el momento en que está escrita en una lengua cuyo significado escapa al burócrata oficial. Havel empieza pues, situaciones de clara inspiración Svejkiana, pero sus bases son de un alcance considerablemente más profundo y de evidente inspiración kafkiana. Por ello sería erróneo interpretar el dilema Svejkiano de Havel, únicamente como una sátira contra la idiotez de la burocracia local. La burocracia de la que habla Havel tiene una raíz absurdamente metafísica; implica la absoluta contradicción interior en el mismo ser; el dilema se transifere al uso de la lengua y las paradojas se manifiestan en todas las formas del ordenamiento administrativo. 
Las obras de Havel deben mucho a la atmósfera y al espíritu del gusto por la experimentación del grupo del pequeño teatro "Na Zabradli". Pero seguramente, deben aún maoyr reconocimiento a Ian Grossman, su colaborador y director, y al profundo compromiso del propio Havel con aquel grupo, con el resultado de que el texto se enriquece con la representación escénica. Havel y su teatro deben ser también enormemente gratos a su público. En Europa Oriental se advierte todavía un sentimiento específico de aislamiento (entre otras cosas, es aún muy difícil salir al extranjero, y no tanto por una prohibición de dejar el país, sino sobre todo por las restricciones de moneda extranjera) que hace nacer una curiosidad, un sentimiento de malestar, un sentimiento de necesidad y la adaptación de cuanto se haga en un teatro experimental; cosa que las más de las veces falta en la más escéptica y satisfecha atmósfera de Europa Occidental. Cuando vi representar las comedias de Havel me emocioné profundamente, no sólo por lo que veía sobre el escenario, sino también por el entusiasmo y la conmoción del público. 


sábado, septiembre 07, 2013

Tríptico de Havel. 2.

Una vida como una obra de arte, por Milan Kundera

Siempre le he tenido una especie de alergia al comentario que se atribuye (creo que incorrectamente) a Goethe: "La vida debe parecerse a una obra de arte". La raón por la que el ser humano necesita el arte es porque la vida es amorfa  no se parece nada a una obra de arte. 
Sin embargo, en estos días tan importantes para mi vieja patria, me enteré con enorme regocijo de que Vaclav Havel es el nuevo presidente de Checoslovaquia. Mientras pienso en él me digo que sí existen casos (muy raros) en donde comparar la vida a una obra de arte está justificado.

Un tema central

La vida entera de Havel está estructurada en torno a un tema central; todo está prefijado, no tiene ningún desvío (a Havel nunca le afectaron las ilusiones líricas del comunismo, y de este modo, nunca tuvo la necesidad de deshacerse de ellas, como lo han tenido que hacer muchos). 
Su vida ha sido un proceso paulatino y continuo, y da la impresión de una composición de unidad perfecta. Es más, me parece que Havel mismo, modela su vida como lo hace un escultor con su piedra, dándole progresivamente una claridad de sentido y forma. 
La manera en que condujo la lucha de las últimas semanas ("una especie de revolución pacífica", me dijo en una carta) era fascinante no solamente desde el punto de vista político, sino también estético. Era como el final "prestísimo" de un gran maestro. 
Se supone que una obra de arte han de percibirla otros. Hacer una obra de arte de su propia vida, es exponerla a escrutinio, iluminarla. Pero si el hombre que se ilumina es un artista se corre un riesgo: su vida convertida en obra de arte puede hacer que se olviden sus obras. En el caso de Havel, esto sería una pena. Tenía menos de treinta años cuando se estrenaron sus primeras obras de teatro en Praga: La reunión social en el jardín y El memorandum. Eran inteligentes y provocadoras, no se parecián a ninguna otra cosa por su humor tan irresistible.
De hecho, estas dos obras son mis favoritas, y es porque pude verlas en Praga, en producciones magníficas, completamente fieles al espíritu del autor. 
Pude verlas en el teatro del Balustrade, donde estaba trabajando Havel en aquel entonces, y donde sigue siendo el símbolo del espíritu libre de los años sesenta.
Sus obras posteriores, por ejemplo La audiencia, no son menos esplendidas. Si aún existieran compañías teatrales que consideraran que el texto de un autor es el cimiento del arte teatral, estas obras estarían en los repertorios del mundo entero. 

Siempre dramaturgo

Aunque a Havel se le conoce en el mundo principal (y justamente) como el fundador de la Carta 77, como un disidente que  ha pasado años en la cárcel y como el mayor representante de la moral de su país, en el fondo siempre será un dramaturgo, un poeta del teatro. Ignorar esto es no comprenderle.
Primero significa que no se entiende cuán profundamente enraizado en la tradición nacional se encuentra. El movimiento checo de renovación del siglo XIX no fue organizado en torno a la Iglesia ni al Ejército, sino alrededor de la cultura en general y los teatros en particular. Las grandes figuras políticas de ese tiempo eran escritores: Frantisek Palacky, un historiador; Karel Havilicek, un poeta satírico, y Tomas Masaryk, un filósofo. 
Su dimensión como artista diferencia a Havel de otros personajes políticos de hoy. No deberíamos olvidar que la gente sufría ataques de risa con sus primeras obras de teatro. Sí, Havel suscitó risas. Y humor significa escepticismo. Y el escepticismo a su vez significa auto-ironía. 
Hace dos años, en París, vi su obra de teatro, Largo desolato. En esta obra, Havel considera irónicamente su propia situación: la de un hombre que se dedica a la lucha política y por esto ya no es el dueño de su propia vida, todos los demás quieren apropiarse de ella. Cuando en el último acto, viene la policía para arrastrar al protagonista, éste casi está contento de tener la oportunidad de poder estar solo.
El disidente, este prototipo del héroe moderno, lleva su destino no como algo glorioso, sino como una carga que casi es absurda. Prefiere hacer otras cosas (como por ejemplo escribir poesías u obras de teatro) para deshacerse de su destino. Pero él no puede. Porque mientras tanto, algo más poderoso que él le ha agarrado, algo que lo trasciende, algo que Havel llama la responsabilidad. 

Etíca de su disidencia 

Para él, esto es lo que define como la ética de la disidencia. Habla Havel de ello en el ensayo Un libro checo de sueños de Ludvik Vaculik, una obra magnífica. Impliscito en esta ética, está la certeza (que solamente puede tener un autor dramático o un novelista) de que no existe ninguna unidad entre el carácter del hombre y su destino, que uno siempre es la víctima del otro.
Esta capacidad de tomar un punto de vista irónico, de evitar que interpreten su vida melodramáticamente, se podría considerar sagaz. Entre las grandes figuras políticas contemporáneas, no veo a ningún otro que posea esa sagacidad. Porque esa es la sagacidad de un poeta. 

Vaclav Havel

martes, septiembre 03, 2013

Tríptico de Havel. 1.

Havel, por él mismo -(Autorretrato).


Cuando un autor está mejor considerado por los que le rodean de lo que él mismo se considera, todo marcha bien. En cambio, si el escritor empieza a considerarse más de lo que lo estima su ambiente, tenemos un signo infalible de su próxima decadencia. Por esta razón siempre he tenido un miedo terrible a que algún día me hiciesen, con mucha seriedad, preguntas como estas: "¿Cómo crea usted?". O: "¿Cuál de sus criaturas es la que más le gusta?". O: "¿Cuál es, en su opinión, la relación que le liga a Ionesco?", etc.; y que yo me pusiera a responder en detalle y profundamente en serio, sin darme cuenta de que el entrevistador me estaba gastando una broma de mal gusto. En realidad, el hecho de que el escritor pierda la sana conciencia de la propia nulidad y comience a considerarse como un objeto digno de atención particular, significa casi siempre que ya no está en situación de ver este mundo en sus verdaderas proporciones, y el caso es grave. Quizás, todo cuanto he dicho explique que la primera cosa que me vino a la cabeza cuando me invitaron a escribir fueron las ganas de escaparme. Por tanto, inmediatamente comencé las pesquisas, pero todo llevaba a la conclusión de que iban en serio. Me dispuse encontes a escribir una respuestas seria; si al final resulta que todo era efectivamente una broma y que, por tanto, tengo tendencia a considerarme más de lo que me consideran los demás, será esto un signo precursor de mi próxima decadencia (lo que, francamente, me disgustaría, porque pienso que todavía queda bastante para que comience mi decadencia). Por tanto: Nací en Praga en 1936, terminé la escuela primaria durante la guerra, y la media en 1951; cuando quería seguir en el Liceo los estudios que había comenzado no muy brillantemente, me enviaron a aprender el oficio de ayudante de laboratorio farmacéutico, y trabajé como tal cuatro años. A la vez, acudía al liceo en las clases nocturnas. Después intenté entrar en la Facultad de Químicas, un poco porque la química me interesaba bastante y un poco también porque, dado el trabajo que había hecho hasta entonces, no podía entrar a ninguna otra facultad. No me admitieron. Un año más tarde la química ya no me interesaba, pero conseguí que me admitieran al examen de acceso a la Facultad de Historia del Arte. Pero tampoco en ésta me admitieron. Lo intenté incluso en la Facultad de Filosofía, pero como ésta no me quiso tampoco, me fui a estudiar economía del transporte automovilístico: era la única facultad que consintió en acogerme. Ingenuamente, esperaba que aquello acabara por interesarme. Resistí allí dos años, y después reconocí que aquello había sido una ligereza e intenté pasar a la Facultad de Cinematografía. No me admitieron. Entonces me fui a hacer el servicio militar, en el que, ante mi asombro, me admitieron inmediatamente. Esto sucedía en 1957. Cuando me licenciaron después de dos años y habiendo llegado al grado de soldado raso, intenté que me admitieran en "Dramaturgia", en la Facultad de Teatro, pero tampoco esta vez lo conseguí. Entré entonces como maquinista en el teatro ABC; un año más tarde -siempre como maquinista- al teatro Na Zabradli (de la tribuna), donde todavía me encuentro hoy, primero como maquinista, luego como secretario, luego como lector y por fin como dramaturgo. Todavía en 1961 volví a intentar el ingreso en la Facultad de Teatro, y de nuevo no volvieron a admitirme. Sólo en 1962, cuando era ya dramaturgo en el Teatro Na Zabradli, me admitieron para estudiar dramaturgia por correspondencia. Puedo decir, por tanto, que completé mi formación preparándome para los exámenes de admisión de las diversas facultades; es un buen sistema que puedo recomendar, sin más que prevenir contra el peligro de ser finalmente aceptado en algún sitio. 
Pasemos ahora a mi obra. Desde que tenía dieciséis años comencé a escribir, poesía sobre todo, además de consideraciones teóricas de varios géneros, vicio con el que sólo acabé durante el servicio militar. En aquella época, ya para mi fortuna, los inicios poéticos no eran acogidos con el favor con el que lo son hoy, así que ahora no tengo que avergonzarme ante los habituales de librerías de viejo por las profundas exploraciones por mí realizadas en el mundo de los sentimientos. Sólo durante el servicio militar comencé a interesarme por el teatro, porque allí el formar parte del conjunto filodramático del Regimiento concedía la posibilidad de librarse de vez en cuando de los ejercicios militares. Encarné el personaje del teniente Skrovanek en Noches de septiembre de Pavel Kohout, y debí hacerlo con tal convicción que el comandante de Compañía me juzgó severamente por mi participación en la representación de tal comedia, además de destituirme de mi puesto de encargado de carro de combate y de presidente de las Juventudes Comunistas de la Compañía: Skrovanek es, en efecto, una figura negativa, que ambiciona las funciones del comandante de la Compañía. (Este raro caso de inmediata y espontánea aproximación al teatro está efectivamente verificado). Seguidamente, hice el papel del cabo Trojan (también éste era un farsante negativo -evidentemente aquella era mi vocación-) en la comedia de ambiente militar Una vida por delante, que escribí en colaboración con mi amigo K. B. para uso y consumo de nuestro conjunto filodramático, y que estaba concebida para que se emplease el mayor número posible de compañeros. Parece ser que todavía hoy se discute sobre el significado real de esta comedia en los círculos competentes del Ejército. 
Después del servicio militar, cuando finalmente me admitieron en la Facultad de Dramaturgia, el teatro comenzó a interesarme en serio y, desde entonces publico de vez en cuando artículos teóricos o críticos en la revista "Divadlo". Comencé incluso a escribir comedias, algunas de las cuales se las deje leer a Ivan Vyskocil, que sobre la base de estas lecturas promovió mi ascenso en el Teatro Na Zabradli. Con él escribí en colaboración la comedia Autostop, y en colaboración con Milos Macourek El mejor rock and roll de la señora Hermanova; y después, solo, Fiesta en el jardín y Memorandum. También escribí una antología de poesía tipográfica titulada Antikody. Mi trabajo actual se realiza sobre todo en la compañía del Teatro Na Zabradli, que bajo la dirección de Jan Grossman pienso que tiene muchas posibilidades de hacer un buen teatro. 
Esto es todo. No hace mucho tiempo, un escritor checo, en una confesión en público, repitió pomposamente el verso de Neruda: "Estoy feliz de haber sido todo lo que he sido". Yo no puedo decir lo mismo; me han ocurrido muchas cosas que me han dotado, bien es verdad, de una valiosa experiencia, pero que no me gustaban y no me interesaban. Lo importante es que me interesa lo que  hago ahora.