El Divadlo na Zabradli (El Teatro de la Tribuna) es uno de los centros de vanguardia de la Europa de hoy: es una salita improvisada en una vieja alcaldía del corazón de la vieja ciudad de Praga. El teatro tiene una capacidad de apenas 200 espectadores, y el escenario es pequeñísimo. Aquí constituyó Ladislao Fialka, en 1958, su compañía de mimo hoy famosa en todo el mundo; en 1959, críticos, directores, teóricos del teatro y el traductor de Brecht, Ian Grossman, se unieron en torno a este teatro como impulsores de un verdadero teatro dramático. En 1960 Vaclav Havel, un joven que entonces apenas había cumplido 24 años, ayuda a Grossman en calidad de dramaturgo y potencial autor dramático. De esta manera se creó uno de los equipos más notables que operan actualmente en el campo del arte dramático en Europa; Grossman, alto, de mediana edad, severo, y al menos aparentemente cargado de preocupaciones; Havel, que tiene ahora 30 años parece no tener más de diecinueve, bajito y de aspecto angelical, regordete y jovial. En torno a estos dos personajes se reunió un grupo de actores, escenógrafos, fotógrafos y músicos entusiastas particularmente dotados. Y un público igualmente entusiasta.
La apariencia de brillante alegría de Havel es ilusoria: innegablemente, sus comedias son divertidas, pero contiene un poso de pesimismo y desesperación. Se componen de una mezcla de sátira política, imágenes absurdas de situaciones humanas, parábolas filosóficas y sarcásticas, humor negro. Kafka y Hasek, que difícilmente pueden dejarse de tener en cuenta en Praga, están siempre presente en sus comedias, como dos almas gemelas protectoras.

El soldado Svejk de Hasek, es a la vez localista y universal. También en ella encontramos la reacción de los checos ante la estúpida e incomprensible violencia ejercida por una jerarquía ignorante y tozuda; ante la idiotez de sus opresores Svejk reacciona tomando sus órdenes al pie de la letra y con la máxima seriedad, y siguiéndolas hasta el final en sus más mínimos detalles.
Vive, a la manera de los héroes torturados y atormentados de Kafka, en un mundo que es absurdo, y a cuya absurdidad trata de poner fin llevándola al extremo, hasta sus límites, hasta el punto en que la misma absurdidad se ve compelida a desplomarse por colapso. En alguna parte en lo profundo de su alma, alberga en efecto la débil esperanza de que este derrumbamiento deje lugar a un pensamiento más racional.

En Fiesta en el jardín se admite la lógica del siguiente dilema: un gobierno que pide al "Ministerio de Inauguraciones" que liquide al "Ministerio de Liquidaciones", no puede liquidar al "Ministerio de Liquidaciones" desde el momento en que sólo el "Ministerio de Liquidaciones" puede proceder a la liquidación del "Ministerio de Liquidaciones", y por tanto para poder liquidar al "Ministerio de Liquidaciones" debe no liquidar el "Ministerio de Liquidaciones". Incluso en Memorandum encontramos un dilema idéntico: la orden de liquidar una nueva lengua oficial, redactada en esa nueva lengua, no puede ser realizada correctamente desde el momento en que está escrita en una lengua cuyo significado escapa al burócrata oficial. Havel empieza pues, situaciones de clara inspiración Svejkiana, pero sus bases son de un alcance considerablemente más profundo y de evidente inspiración kafkiana. Por ello sería erróneo interpretar el dilema Svejkiano de Havel, únicamente como una sátira contra la idiotez de la burocracia local. La burocracia de la que habla Havel tiene una raíz absurdamente metafísica; implica la absoluta contradicción interior en el mismo ser; el dilema se transifere al uso de la lengua y las paradojas se manifiestan en todas las formas del ordenamiento administrativo.
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